Opinión |
La rebelión de los ciudadanos
miércoles, 19 de abril de 2006
El secuestro de lo político es aquel concepto que explica el proceso por el cual al ciudadano se le arrebata su condición de decidir sobre lo público, sobre la cosa de todos(res pública). Los ciudadanos ven, de este modo, mermada su capacidad de decisión a lo estrictamente privado. Lo público se reserva para los iniciados, para los profesionales, para los llamados políticos. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. El divorcio entre lo político y lo social forma parte de la cultura de la globalización. Prueba palmaria de ello fue Francia, donde el 90% de los Diputados de la Asamblea Nacional votó a favor del Tratado Constitucional Europeo siendo después rechazado directamente por los mismos ciudadanos que la Asamblea nacional decía representar. Por supuesto, nadie dimitió.
Aterrizando en nuestro país, se puede apreciar la necesidad social por un cambio profundo en las formas de gobernar y de hacer política en Navarra. No sólo porque ya toca después de dieciséis años, sino también porque aquellos que nos gobiernan no dan más de sí. No le demos más vueltas, los ciudadanos y ciudadanas no quieren, de momento, más gobiernos de UPN.
Sin embargo, esta papable demanda ciudadana, que se ve reflejada en todas las encuestas, tropieza con cierta incomprensión en el mundo de la política. No porque los políticos alternativos a UPN no crean en el cambio, que más quieren que gobernar, sino porque a menudo no son capaces de entender que los que dirigen los procesos políticos no son ellos (los políticos), son los ciudadanos. Los protagonistas del cambio no son IU, PSN, Na-Bai o Batasuna, los protagonistas son miles de navarros y navarras que de forma anónima deciden. Los partidos no dejan de ser sino meros instrumentos. Esta debiera de ser la principal conclusión en que se cimiente el cambio político.
Sabido es que en Navarra los espacios alternativos a la derecha política son los socialistas del PSN, los federalistas republicanos de IU y los nacionalistas vascos de Na-Bai y Batasuna. Pues bien, a estos tres espacios hay que decirles, no que se entiendan entre ellos, que al final si es necesario lo harán; tampoco que vayan maquilladamente unidos en un falso ejercicio por diluir la diversidad. Lo que hay que pedirles es que compitan, entre ellos, por ser el más navarro, es decir, el que mejor escuche a los ciudadanos y ciudadanas navarras. Que se esmeren en promover foros ciudadanos donde recojan sus preocupaciones. Que se comprometan a crear observatorios controlados por los movimientos sociales para el cumplimento de las promesas electorales. Que evalúen el impacto social de la participación ciudadana en sus decisiones. Que mejoren su comunicación con la sociedad y que reordenen sus prioridades. En definitiva, pido que socialicen la política para que la política pueda socializarse.
La mayoría de los navarros y navarras anhela el fin de ETA; aspira a un cambio político, también en Navarra; no tiene miedo al futuro de nuestro pueblo; empieza a estar preocupado por el empleo y por la Sanidad y Educación Pública y muestra desconfianza en sus políticos. Estas son, entiendo, las prioridades ciudadanas que deben tener cumplida respuesta por parte de los partidos políticos.
En Navarra, no es de prever ninguna convulsión social como la que arribó al PSOE al Gobierno de España y que precipitó una participación electoral masiva. Por eso mismo, los partidos deben, todavía más, esforzarse en ser atractivos a la ciudadanía. No entremos al trapo de UPN sobre nuestra identidad colectiva, sobre quien es más navarro o navarra. No hay que perseguir quien es más navarro sino hay que perseguir que todos y todas tengamos las mismas oportunidades.
La apuesta es recobrar el interés ciudadano que se han ido apartando del compromiso político y de la participación institucional. Hay que involucrarles en el cambio. Ofrecer un cambio que devuelva a la vida pública el prestigio que en parte ha perdido. Que haga posible la aplicación de políticas progresistas en beneficio de la mayoría de la población.
Soy consciente de que no es fácil el ejercicio de lo que predico. Sin embargo, es necesario un Pacto Ciudadano por el Cambio. Un Pacto, escrito o no, que surja de la promoción de foros ciudadanos. Donde se obtengan compromisos vinculantes, por parte de los partidos, que garanticen medidas prácticas y visibles para un impacto significativo en la capacidad de los ciudadanos. Un Pacto que pueda exigir cuentas a quienes tomen las decisiones y dejar una profunda huella en el modo en que se debaten y deciden los asuntos. Donde se incluyan nuevos métodos de democracia participativa, tales como facilitar las iniciativas legislativas, fomentar las consultas populares, los sondeos, a fin de maximizar la participación de los ciudadanos en la formulación de políticas.
En definitiva, el cambio comenzará cuando en los foros públicos, tertulias, medios de comunicación, centros de trabajo se hable de ello. Cuando los ciudadanos se rebelen contra los poderes establecidos y reclamen lo que es suyo, el poder político, la capacidad de decidir.
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