Opinión

Malinterpretando al arzobispo

escrito por Miguel Izu sábado, 12 de mayo de 2007

Lo confieso, soy una de las muchas personas que ha malinterpretado al Arzobispo de Pamplona. Me refiero a cuando leí eso de que “Hoy en España hay algunos partidos políticos que quieren ser fieles a la doctrina social de la Iglesia en su totalidad, como p.e. Comunión Tradicionalista Católica, Alternativa Española, Tercio Católico de Acción Política, Falange Española de las JONS. Todos ellos son partidos poco tenidos en consideración. Tienen un valor testimonial que puede justificar un voto. No tienen muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podrían llegar a entrar en alianzas importantes si consiguiesen el apoyo suficiente de los ciudadanos católicos. Por eso no pueden ser considerados como obligatorios pero sí son dignos de consideración y de apoyo”. Que el señor Arzobispo les asigne a dichos partidos de la derecha más extrema un “valor testimonial” que “puede justificar un voto” me sonó a que estaba justificando que se les vote. Que especule sobre su posible influencia en la vida política “si consiguiesen el apoyo suficiente de los ciudadanos católicos” me pareció que inducía a los católicos a plantearse si merecería darles tal apoyo. Que diga “que no pueden ser considerados como obligatorios” (los partidos, se supone) me alivió mucho, porque si el Arzobispo declara que es para los católicos obligatorio militar en tales partidos nos causaría a muchos católicos un tremendo problema de conciencia. Pero que afirmara que “sí son dignos de consideración y de apoyo” tales partidos en la frase inmediatamente siguiente a esas consideraciones sobre el voto de los ciudadanos católicos me llevó a la convicción de que el Arzobispo veía con buenos ojos que los ciudadanos católicos votemos por esos partidos. Otras personas entendieron de la misma forma equivocada el mensaje del Arzobispo y se armó la polémica.

 

Afortunadamente el propio Arzobispo ha venido a aclarar las cosas. Le hemos malinterpretado. “Yo nunca he recomendado el voto a ningún partido. Ni apoyaría nunca a ninguna organización que no respetase claramente la libertad y los derechos de la persona y de la sociedad”, escribe. Qué alivio. Que contemple como digna de consideración y de apoyo por parte de los ciudadanos católicos a Falange Española de las JONS, por poner solo un ejemplo, y que diga que puede estar justificado darle un voto no quiere decir que él recomiende votar a ese partido. A lo mejor sólo recomienda la afiliación o la contribución económica pero sin votarle.

 

Así que ya sabemos, cuidado con malinterpretar los textos del Arzobispo. Por ejemplo, si mañana escribiese lo siguiente: “Izquierda Unida es un partido poco tenido en consideración. Tiene un valor testimonial que puede justificar un voto. No tiene muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podría llegar a entrar en alianzas importantes si consiguiese el apoyo suficiente de los ciudadanos católicos. Por eso no puede ser considerado como obligatorio pero sí es digno de consideración y de apoyo”. Si a usted le suena este texto como que al Arzobispo le parece bien que los ciudadanos católicos apoyen a Izquierda Unida, aunque no lo declara obligatorio, le está malinterpretando no se sabe bien porqué oscuros intereses electoralistas.

 

A lo mejor esto nos ayuda a explicar algunos de los problemas de la Iglesia que abordaba el Arzobispo en su conferencia. Por ejemplo ese “movimiento generalizado de deserciones”,  el crecimiento del sector “de cristianos indiferentes, alejados, seducidos por la alianza con la cultura civil”. O “que la Iglesia española, en estos momentos, es una Iglesia bastante desconcertada, poco segura de sí misma, interiormente debilitada, excesivamente dividida y disgregada”. Quizás lo que esté sucediendo es un fenómeno masivo y generalizado de mala interpretación de lo que dicen los obispos. Entendemos justo lo contrario de lo que nos están tratando de decir. En consecuencia, muchos optan por abandonar o alejarse de la Iglesia. Otros intentan permanecer en el interior de la comunidad eclesial, pero perplejos, incómodos, molestos con orientaciones de la jerarquía que no comparten, frecuentemente tan afligidos que ni se molestan en replicar. Otros, en fin, se contentan con seguir en la Iglesia pasivamente, sin intentar entender a los obispos.

 

Tenemos un gran problema de comunicación. A mí me sucede. Cuando el Arzobispo escribe que “pide también la Iglesia que los partidos no confesionales sean al menos respetuosos con la libertad de conciencia de los católicos que de una u otra manera militan o colaboran con ellos”. La insistencia en el tema de que los partidos políticos reconozcan la objeción de conciencia y la libertad religiosa de sus propios militantes me hace sospechar que o él o yo no conocemos la realidad de los partidos políticos en nuestro país, o no entendemos lo mismo por libertad religiosa. Que yo sepa, me puedo equivocar, a nadie se obliga en este país a ingresar o permanecer en un partido. Ni en ninguno se exige una determinada convicción religiosa, o ausencia de ella, para militar. Creo que en absolutamente todos los partidos hay militantes católicos, y me da la impresión de que últimamente en la mayoría incluso musulmanes, militantes de otras confesiones, agnósticos y ateos. Nadie, salvo el CIS y de forma anónima, anda preguntando por las creencias religiosas de nadie. Creo que ningún partido político somete a lavado de cerebro a sus afiliados, ni tampoco tiene mazmorras en las cuales encerrarles si disienten. Hace años que no se fusila ni se envía a la hoguera a nadie por su heterodoxia dentro de un partido. En suma, hablamos de partidos en un sistema democrático y no de sectas destructivas. Me confunde que el Arzobispo parezca no distinguir entre una cosa y otra, que no parezca asumir que se puede pertenecer a una organización sin abdicar de la libertad de pensamiento. También me inquieta mucho leer lo que dice sobre que los cristianos debemos valorar las repercusiones morales de nuestro voto “en los aspectos opinables de la vida social”. No sé, pero parece que hay algunos aspectos en los cuales nos debemos abstener de opinar y de pensar por nuestra cuenta. Parece que hay aspectos de la vida social en los cuales debemos atender sumisamente lo que nos digan nuestros pastores sin posibilidad de tener opinión propia. Me pregunto si en esos casos podemos ejercer la libertad o la objeción de conciencia en el seno de la propia Iglesia y disentir de los obispos. Me pregunto si habré entendido bien.

 

Algo tendremos que hacer a ver si nos entendemos mejor. Se me ocurre alguna cosa. Que en la Iglesia la comunicación no fluya sólo en un sentido, de arriba hacia abajo. Que no sólo hablen y escriban los obispos y callemos los demás. Así nunca podremos saber si les estamos entendiendo correctamente o malinterpretando sus palabras. Que hablemos todos, que podamos preguntar y hasta opinar. Que los sacerdotes no sean los únicos que pueden dirigirse mediante sus homilías a los fieles. Que los fieles también puedan intervenir. Que las opiniones y enseñanzas de la Iglesia no se limiten a las opiniones y enseñanzas de sus pastores. Que en el seno de la Iglesia haya diálogo y debate, e incluso participación aunque vaya en detrimento de la autoridad. Que no nos tengamos que malinterpretar tanto.

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