Opinión

Viva España, coño

escrito por Miguel Izu viernes, 24 de febrero de 2006
 

A lo mejor tenemos alguna cosa que agradecer a Tejero. Su irrupción de hace veinticinco años en el Congreso de los Diputados, vistiendo tricornio y bigote carpetovetónicos, profiriendo tacos cuarteleros y empuñando la pistola con la que amenazaba a los padres de la patria fue lo suficientemente ridícula como para vacunar contra males mayores.

 

La amenaza de un golpe de Estado que pusiera fin a la transición a la democracia era muy real. Todavía vivían varias generaciones que habían sufrido la guerra civil que clausuró la anterior experiencia democrática de la República. Hacía apenas cinco años que se había producido el golpe militar en Argentina, y solamente ocho años antes en Chile, una de las democracias más asentadas de Latinoamérica. La fotografía de la junta militar presidida por Videla que tomó el poder en Buenos Aires era siniestra. No menos sombría era la imagen del Pinochet que acudió a los funerales de Franco vistiendo sobre su uniforme prusiano una capa de resonancias mefistofélicas. La estampa de Tejero en la tribuna del Congreso que los periódicos publicaron en primera plana al día siguiente no resultaba tanto temible como grotesca. Y más grotescos resultaban sus gritos en la secuencia que vimos una y otra vez en televisión. Cuando fuimos conociendo las características del personaje y las de otros de los conspiradores que le acompañaron, con su patrioterismo tabernario y sus "viva España, coño", no nos sorprendió que su aventura tuviera un final tan chusco. No siempre la historia repite los acontecimientos, como supuso Hegel, y a veces ni siquiera es posible que la segunda vez suceda como farsa, según apuntó Marx, porque los actores no llegan a dar la talla. Tejero no era el general Pavía, otro golpista al que al menos la historia ha dotado de cierta aura romántica adjudicándole un caballo con el que en realidad nunca llegó a penetrar en el Congreso.

 

Después de Tejero ya no fue posible que nadie que estuviera en sus cabales pensara en volver a la tradición de los pronunciamientos militares. Las reacciones que desató el frustrado golpe del 23-F hacían inviables las conspiraciones que hasta entonces habían sido tan habituales. Cuando digo reacciones lo digo en sentido amplio. Estuvo, por supuesto, la reacción más o menos popular que se tradujo en una masiva manifestación en apoyo del régimen constitucional y contra los golpistas, y la reacción de la clase política apiñándose en torno a las instituciones democráticas. Pero también otras reacciones más subterráneas, de quienes jugaban a dos barajas y aprovecharon la coyuntura para tomar posiciones ventajosas. De quienes pudieron señalar con suavidad la necesidad de poner un poco de orden, de marcar con más nitidez dónde estaban los límites de los cambios políticos, de quienes esgrimieron la amenaza golpista para recomendar prudencia y tiento. A lo mejor, de quienes estuvieron en más de una conspiración antes del 23-F y nunca más necesitaron apelar a soluciones militares porque ya no les hizo falta después del pacto del capó. Toda la verdad sobre los movimientos que hubo antes, durante y después del golpe de Tejero probablemente nunca la lleguemos a saber. La verdad oficial quedó debidamente recogida en las sentencias que decidieron hasta dónde debían alcanzar las responsabilidades penales.

 

La parte buena del 23-F es que hizo impracticable otro golpe militar, que pudiera haber sido mucho más violento y sangriento que la charada protagonizada por Tejero y los suyos. Nos legó algunas otras consecuencias menos positivas. La monarquía tuvo la oportunidad de ganarse una reluciente legitimidad democrática que hiciera olvidar la legalidad franquista de la que procedía. La reforma militar se prosiguió con un ritmo parsimonioso que ha demorado veinte años medidas como la supresión del servicio militar o el redimensionamiento de las fuerzas armadas. La reforma policial ha quedado varada en cuanto a llevar la desmilitarización a sus últimas consecuencias. Los pactos autonómicos llevaron a poner determinados corsés a los Estatutos de Autonomía que ahora, veinticinco años más tarde, estamos todavía aflojando.

 

Una de las cosas peores es, que de pronto, ya han pasado veinticinco años. Somos veinticinco años más viejos, aunque a veces parece que fue antesdeayer. Al menos en esa memoria que se empeña en fijar con tanta claridad algunas fechas determinadas (cuando murió Franco, el 23-F, el 11-S, el 11-M), de las cuales uno puede dar cuenta de dónde estaba, con quién y qué hacía, aunque pueda sepultar en la niebla del olvido años enteros de nuestra vida. Hace veinticinco años, por la tarde, a la hora en que Tejero asaltaba el Congreso, yo salía de un examen de Derecho Tributario. Suspendí.

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