Opinión

Las cuatro redes educativas de Navarra

escrito por Miguel Izu domingo, 06 de mayo de 2007

Es el no va más de la vanguardia mundial en la cual está colocada Navarra en tantas materias. No solamente tenemos una red de educación obligatoria, o dos redes, pública y privada, como dicen algunos, sino un total de cuatro redes perfectamente separadas. Eso sí, todas sufragadas por los mismos contribuyentes.

 

Se trata de una increíble operación de ingeniería social. Frente a quienes mantienen la utópica idea de que la educación obligatoria debe servir para socializar a los niños y adolescentes de forma integradora, hacerles a todos ciudadanos iguales de una amorfa masa social, en Navarra el sistema educativo va a servir en los próximos años para colocar a cada uno en su sitio, prepararles para integrarse en el grupo social en el cual están destinados a vivir.

 

En muchos otros países y regiones han venido funcionando mecanismos de segregación social a través de la educación. El más tradicional es la distinción entre centros públicos, destinados a la mayoría, y centros privados, destinados a las élites dirigentes. Pero lo nuestro va más allá. No segregamos solamente por niveles económicos o por creencias religiosas; también por idiomas y hasta por ideas políticas. La combinación de centros públicos y privados con los diferentes modelos lingüísticos, que se imparten cada vez más en centros perfectamente separados (tenemos ya centros solamente en castellano, centros solamente en euskera, y pronto llegaremos a los centros solamente en inglés), permiten que los alumnos se eduquen en un entorno social específicamente seleccionado por sus padres... o por la Administración.

 

Tenemos los centros privados donde los padres pueden optar por una formación religiosa y moral acorde con sus propias creencias. Un derecho constitucional que incluso hemos ampliado; los padres tienen garantizado también poder enviar a sus hijos a un centro donde reciban una formación religiosa y moral disconforme con sus propias creencias. Ahí está un buen número de agnósticos que envían a sus hijos a colegios católicos por las más diversas razones: porque es el colegio donde ellos estudiaron, porque allí sus hijos se relacionarán con la clase de personas que ellos prefieren, porque tiene más prestigio, etc. Tenemos los centros privados donde los padres pueden asegurar a sus hijos una educación en su lengua materna... o en una lengua que en realidad la familia no habla. Tenemos también los centros públicos donde se puede ejercer ese derecho a elegir lengua.

 

Pero la elección va mucho más lejos. Gracias a sutiles mecanismos de escolarización, a la mayoría se le asegura el entorno social más adecuado para sus hijos. Optando por un tipo de centro también pueden evitar compañías indeseables. Ya se sabe que hay cierto tipo de centros donde se acumulan los inmigrantes y los problemas que ellos generan; o lo que ahora llamamos minorías étnicas (antes gitanos), u otro tipo de alumnos con alguna discapacidad y cuya convivencia no hace sino perjudicar la buena marcha académica de sus compañeros. También hay otros centros dominados por quienes profesan determinadas ideologías políticas, y de donde ya se sabe con qué ideas y tendencias van a salir los alumnos. Gracias a Dios que los padres pueden, invocando su derecho a elegir un determinado modelo educativo, evitar tales centros. Y acudir a donde saben que nunca serán admitidos alumnos poco deseables, dejando que la solidaridad con quienes necesitan más apoyo la ejerzan otros y en otros centros. Porque los centros (la mayoría, salvo los de la red que se ha convertido en residual, donde van los que no pueden ir a las otras) tienen también sutiles mecanismos para asegurar su derecho a elegir el tipo de alumnos que desean recibir. En último extremo se les concede la prerrogativa de priorizar a los hijos de antiguos alumnos y aproximarse a una especie de club privado con reserva del derecho de admisión, el modelo de las tradicionales “public schools” británicas que pese a su nombre y a que están teóricamente abiertas a todo el mundo son centros privados y elitistas.

 

Así, gracias a disponer de una red de centros públicos en castellano, otra red de centros públicos en euskera, y otras dos de centros privados en una y otra lengua, podemos reproducir en el ámbito educativo la segmentación que existe en nuestra sociedad. La educación como uno más de los bienes y servicios que ofrece el mercado se adecua perfectamente a las diferentes demandas de los consumidores. Y no sólo eso; sino que además puede servir de instrumento para diseñar la segregación social del futuro. A ciertos niños nacidos en Navarra la escuela les servirá para tomar conciencia de que en realidad son inmigrantes por culpa de sus padres. A los inmigrantes llegados desde otros países les enseñará que no se van a integrar en pie de igualdad. A los niños de ciertas zonas la escuela les dejará claro que optar por un centro u otro no es un derecho concedido por igual a todos, sino un privilegio de quienes viven en las zonas urbanas donde hay oferta.

 

Los efectos benéficos en cuanto al orden social que va a tener esta cuádruple red educativa todavía no se advierten nítidamente, pero se irán haciendo más evidentes con el paso de los años. Se suele hablar de “educación en valores”, como si fuera posible educar sin valores. Mejor hablar de qué valores transmitimos a través de la educación, porque siempre se transmiten valores, de forma expresa o implícita. Nosotros, en perfecta sintonía con los tiempos que vivimos, transmitimos los valores de la división social, la segregación y la competitividad.

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