Opinión

Participar en el curso de las cosas

escrito por Félix Martínez Campos sábado, 31 de marzo de 2007

La evolución de nuestra sociedad y las transformaciones que en ella se producen, se están desarrollando a una velocidad tan vertiginosa que apenas nos deja un respiro para reposar el momento. La cantidad de innovaciones tecnológicas, económicas y culturales se han incrementado de tal manera que estamos en una sensación permanente de caducidad del presente, sumiéndonos, en consecuencia, en una incertidumbre que precisa de nuevas y múltiples estrategias capaces de orientar la acción ciudadana en el control de los procesos de cambio social.

 

Esta rapidez de los cambios hace que acompañemos el adjetivo nuevo a recientes fenómenos sociales. Así las nuevas tecnologías, la nueva economía, las nuevas generaciones de derechos, los nuevos movimientos sociales, la nueva cultura del agua, etc. combinan un sin fin de nuevas oportunidades y retos, que precisan de una adaptación permanente de las formas de organización, y que también, ponen en evidencia importantes desajustes en los períodos de transición. Es decir, tal y como escribió Antonio Gramsci, nos encontramos en un tiempo de cambio de ciclo en el que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir.

 

Un resultado preocupante de estos desajustes es el que se produce en las estructuras del sistema político actual respecto a los desafíos de una ciudadanía cada vez mas exigente e informada. La política tradicional ha caído en un juego artificial de símbolos e imágenes que se aleja cada vez mas de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. Esto ha llevado a una creciente deslegitimación de la democracia del cheque en blanco y de las instituciones que a ellas van asociadas. El resultado es rotundo; la democracia pide a gritos dosis de creatividad para transformarse.

 

La democracia, desde sus principios, ha mutado para adaptarse a las nuevas realidades sociales y económicas. En la actualidad, debe dar un paso adelante. Es necesario construir una democracia de proximidad, reinventando la antigua funcionalidad de la Plaza como espacio de encuentro ciudadano y animación urbana. Crear una democracia a pie de calle , donde aflore la creatividad social y la ciudadanía participe en la toma de decisiones de la vida en comunidad.

 

Y es el gobierno local el que tiene el privilegio de esta proximidad. Lo tiene que merecer utilizando esa ventaja, estableciendo una relación diferente con la sociedad. La ciudad es el lugar de la otra política , de las relaciones personales, de la aplicación cuidadosa de programas de acción hacia los colectivos mas vulnerables, de la cooperación sincera y pausada con los movimientos vecinales. O dicho de una manera mas paisana; el gobierno local tiene el privilegio de poder construir ciudad en auzolan .

 

No obstante, los ciudadanos comprueban como actualmente en su localidad se hacen nuevas obras o se desarrollan diferentes servicios, sin haber podido decidir qué prestaciones eran las realmente demandadas o qué infraestructuras eran las necesarias. Por ejemplo, en Pamplona, podemos comprobar como un equipo de duchos tecnócratas decide lo qué conviene a los barrios de nuestra ciudad o lo qué se construirá en el solar de la estación de autobuses. No obstante, los ciudadanos difícilmente sentirán suya una ciudad en la que no hayan intervenido en sus nuevas formas. Es difícil que arraiguen sus recuerdos en el espacio público.

 

Así pues, es necesario que cada uno de nosotros llegue a sentirse coautor de lo que pasa en su ciudad y llegue a andar por caminos que, efectivamente, uno mismo haya contribuido a trazar. Otro ejemplo significativo; el cariño que los vecinos de la Chantrea tienen por el parque Irubide no es casual. El tener conciencia de pertenecer a un barrio hecho a sí mismo, ha dotado a sus vecinos de una identidad orgullosa de su peleón pasado y presente.

 

Por todo esto, es en el barrio y en el ámbito local donde los ciudadanos pueden alcanzar mayor confianza y autonomía para incorporarse a la acción política. Son las estructuras locales las que se encuentran en mejor disposición para incorporar a sus habitantes a procesos de deliberación y construir una conciencia necesaria para desarrollar las nuevas dimensiones de ciudadanía. Los gobiernos locales deben ser escuelas de democracia, donde se aprenda a participar y, por tanto, a adquirir el estatus y el rol de íntegros ciudadanos. No obstante este desafío es muy grande, ya que tiene una dosis considerable de revolución mental, de lucha contra la cultura de la delegación, de buscar el abrazo plural entre las dispares sinergias de la ciudad.

 

Y un requisito imprescindible para que la democracia sea de alta intensidad es la disponibilidad de tiempo para poder participar, lo que André Gorz denomina como tiempo liberado, algo absolutamente necesario para que los ciudadanos recuperen autonomía en la esfera de la vida cotidiana. La apatía o la conciliación laboral y familiar son enormes obstáculos para la participación, no obstante, dichos procesos, siempre y cuando sean atractivos, demuestren utilidad y eficacia, generen compromiso y satisfacción en el proceso y en los resultados, serán una garantía para la implicación de amplios sectores de la ciudadanía.

 

El socialismo cuesta demasiadas tardes libres, se quejaba Oscar Wilde. La democracia participativa tiene esta misma dimensión: lleva tiempo y esfuerzo. Tiempo y esfuerzo necesario para el contraste de pareceres, el uso público de la razón, el debate libre, la formación de consensos, la revisión de las decisiones y la exigencia de responsabilidades. Hace poco, en una pared de una calle de Lavapies vi una pintada muy clarificadora; "Otro mundo es posible... pero da mucho trabajo". Es cierto que una democracia próxima no es cómoda, pero su ejercicio nos forma como ciudadanos libres, honrados, responsables, respetuosos, creativos y humanos.

 

En un mundo cada vez mas afectado por decisiones globales, los gobiernos locales no deben obviar la transversalidad de la acción participativa. Los barrios tienen derecho a diseñarse ellos mismos, los creativos de la fiesta y la cultura tienen derecho a decidir como quieren expresarse, los jóvenes quieren gestionar las políticas que les afectan, etc. De cómo organizar técnicamente esta ardua faena lo dejo para otra ocasión, ahora quiero terminar compartiendo el pensamiento que tuvo el perspicaz escritor Eduardo Galeano presenciando un partido de fútbol: ¡Qué lindo sería si hubiera 22 espectadores y 50.000 jugadores!

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