Opinión |
¡NO PRESIDENTE! (Carta a D. Rafael Gurrea, Presidente del Parlamento de Navarra)
(Michael de Montaigne)
Titulo esta carta con una paráfrasis del libro de José Arana y el Colectivo AFAN (Asociación de Familiares de Asesinados en Navarra) ¡NO GENERAL! con el que rebaten, mediante métodos científicos y trabajo de campo, las cifras (tres veces más bajas que de las que hay constancia documentada) de asesinados en Navarra por las hordas franquistas tras el levantamiento militar de 18 de julio de 1936 ofrecidas por el General franquista Ramón Salas Larrazabal, fruto del poco fiable y en absoluto objetivo método de acudir a los registros del Instituto Nacional de Estadística de los años 40 (es decir, registro realizado desde el mismo régimen franquista en sus años más duros). Lo hago así porque encuentro, en algunas declaraciones vertidas por el señor Gurrea en la entrevista que concedió a Diario de Navarra publicada el pasado lunes, 12 de febrero, ciertas similitudes con el mencionado General franquista en un afán por justificar de alguna manera el levantamiento del 18 de julio, tergiversando la historia y la memoria.
A la pregunta: “¿Por qué se volvió político en 1974?”, responde nuestro Presidente del Parlamento y destacado miembro de UPN: “Me impresionó mucho la Guerra Civil, que una generación, en el 36, no pudiera resolver con métodos de discusión y diálogo los problemas que tenían entonces. Tuvo que recurrir a los fusiles”.
Tales manifestaciones encierran, insisto, de manera sutil y sibilina, una justificación del Alzamiento parafascista desde la deformación de la realidad histórica.
Amén de justificar el recurso a las armas dentro de un marco democrático en un supuesto conflicto social (como hoy, por cierto, hacen ETA y su entorno), se pretende presentar, una vez más, el golpe de estado militar contra el poder legal y democráticamente constituido por la II República, como un levantamiento nacional al que el pueblo se vio indefectiblemente avocado. Falso de toda falsedad.
Hasta el nada afecto a la izquierda historiador Stanly G. Payne definió a la II República como la primera democracia española. Esto es, contra lo que afirma el señor Gurrea, la II República fue precisamente el primer periodo en la historia de España en el que los problemas se podían resolver con métodos de discusión y diálogo, métodos democráticos interrumpidos casi durante 40 años por el golpe militar de 1936 y el posterior régimen franquista durante el que, por lo visto, el insigne destinatario de esta carta no sintió necesidad alguna de recuperarlos.
Pretende el señor Gurrea, como otros en su partido instalado en la derecha extrema y otros propagandista franquistas y neofranquistas, presentar un panorama social de la época absolutamente negro en el que la violencia y los enfrentamientos campaban a sus anchas de manera irremediable, resultando imprescindible un golpe de mando para recuperar el Orden. Y esto también es falso.
No negaré que en el periodo previo al golpe militar hubiera conflictos y episodios de violencia, los hubo entonces, antes y después, como los hubo, a veces de especial virulencia, en los primeros años de andadura de nuestra actual democracia. Pero, desde luego, no fueron de tal relevancia como para justificar o amparar Alzamiento alguno contra aquella primera democracia española. Y no es que lo diga yo, es que el Informe Reservado firmado en Madrid por el propio General Mola, coordinador del Alzamiento, el 1 de julio de 1936 (sólo 17 días antes del golpe de estado fascista) resulta de lo más elocuente al respecto. Su punto 3ª explicita:
Se ha intentado provocar una situación violenta entre sectores políticos opuestos para apoyados en ella proceder, pero es el caso que hasta este momento – no obstante la asistencia prestada por algunos elementos políticos – no ha podido producirse, porque aún hay insensatos que creen posible la convivencia con los representantes de las masas que mediatizan al Frente Popular. (Documento extraído del Servicio Histórico Militar. Archivo de la Guerra de Liberación. Cuartel General del Generalísimo)
Considero que la mención de este documento resulta suficientemente contundente para desbaratar los argumentos de la primera parte de la pretendida explicación – justificación de su militancia en la derecha extrema.
Pero quiero referirme también a la segunda parte de su justificación. Continúa usted en respuesta a la pregunta referida al comienzo: “Cuando iba a desaparecer el régimen de Franco, temí que pudiera pasar algo parecido... Por eso, le dije a mi padre que no podíamos esperar a ver qué pasaba, sino que había que estar en el sitio para evitar que pasase” (hartito está uno ya de salvapatrias).
¿Para evitar qué, señor Gurrea?; ¿qué pasase algo parecido a lo que, como hemos mostrado, nunca pasó?; ¿qué volviesen los rojos, masones, nacionalistas y toda la oposición al régimen franquista a desestabilizar la nación con su irrefrenable violencia y sus ansias de guerra?. ¡ Anda ya!.
Usted, político de largo recorrido sabe, tan bien como yo, que el peligro de una nueva guerra civil en los años 70 era más que altamente improbable.
Quienes disfrutaban del régimen franquista eran conscientes de que la situación no les era ni de lejos tan propicia como les fue en el 36 para enfrascarse en una guerra. España se encontraba en un absoluto aislamiento político internacional. Ya no estaban alemanes e italianos para prestarles apoyo, sino que todas las potencias mundiales repudiaban el franquismo; ni siquiera hubieran contado esta vez con el apoyo de la iglesia vaticana, inmersa en el aperturista proceso del Concilio Vaticano II y que había condenado recientemente los procesos sumarísimos, las condenas a muerte y las ejecuciones del tardofranquismo. Por otro lado, las técnicas y medios de que disponía el Ejercito español por aquellas fechas resultaban absolutamente obsoletos como para combatir en una guerra abierta. No les interesaba; resultaba mejor un proceso de reforma y redefinición.
Por el otro lado, el grueso de la oposición al régimen no se movía, ni mucho menos, en coordenadas guerracivilistas. El PCE, principal opositor de izquierdas tras la Guerra, fue, ya en los 60, uno de los precursores de lo que después se conocería como Eurocomunismo, movimiento que, situado fuera de la órbita de la URSS, desestimaba la revolución armada como método o táctica. El PSOE había perdido su prevalencia con el franquismo quedando muy desdibujado e inactivo justamente hasta 1974, cuando en el Congreso de Suresnes abandonó definitivamente cualquier referencia marxista encuadrándose en una socialdemocracia tampoco, en absoluto, revolucionaria. El anarquismo, desestructurado por su propia concepción político-filosófica, no tenía capacidad para organizar una confrontación. El resto, la oposición interna monárquica y democristiana, y el Nacionalismo, se movían principalmente en la derecha política, mucho más proclive al reformismo que a la confrontación armada con otra derecha por muy bárbara que esta fuera.
Así pues, sus temores resultaban infundados, injustificados e injustificables.
Entiendo que su ideario político-social resulte de difícil confrontación y que por eso el interés de su partido, UPN, esté siempre en desviar el debate hacia problemas que resultan muy populistas pero nada reales (la invasión vascongada). Pero la derecha, auque sea extrema como en la que usted milita, se encuentra legitimada democráticamente y no necesita de continuas justificaciones que ni ustedes mismos se creen (como queda patente en su siguiente respuesta a la entrevista en la que, tras haberse presentado como adalid de los métodos de discusión y diálogo, asegura, en contradicción, seguir en política “Porque Navarra sigue siendo discutida”).No señor Gurrea, no lo necesitan, como tampoco necesitan, anclados en el pasado, seguir pretendiendo justificar lo injustificable, un golpe militar contra un sistema legítimo y democrático, tergiversando la historia y ofendiendo a la memoria. No lo necesitan, ¡NO PRESIDENTE!.
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