Opinión |
pamplona en minúsculas
Los hombres no aman a Roma porque es bella, Roma es bella porque los hombres la han amado
Leopold Kohr
La ciudad es antes que nada la gente que la habita, una comunidad con sus problemas y alegrías... los edificios vienen después. No obstante, muchas ciudades buscan desarrollar su imagen de marca. El frenesí por la construcción de edificios emblema y por la organización de grandes eventos se encuadra dentro de esta lógica.
Frente a esta inercia, veo necesario cuestionar el discurso hegemónico existente entre los sectores económicos y mediáticos que identifican la gran política con los macro proyectos y los grandes acontecimientos. Es necesario un cambio en el imaginario colectivo que signifique una visibilización y revalorarización de la cotidianidad como valor político. Se trata de crear ciudades amigas, más preocupadas por el ritmo habitual de sus vecinos que por la cirugía urbana. Se trata, en definitiva, de crear ciudades en minúsculas.
Esto no quiere decir que haya que oponerse per se a la construcción de magnos edificios o que nunca se deba producir ningún acontecimiento extraordinario en nuestra ciudad. ¡Ni muchísimo menos! Acercándonos a la capital navarra, una pequeña muestra de esta cotidianidad es defender que, para que Pamplona aspire a convertirse en Ciudad Europea de la Cultura en el año 2016, el Ayuntamiento no debe recortar del presupuesto municipal la partida dedicada a Cultura (tal y como ha hecho). Es decir, se trata de cambiar la mirada, comenzar desde abajo, destapar lo fastuoso y apartar el boato.
La vida cotidiana, en los sectores conservadores y en la política tradicional, es entendida como un espacio neutro desde el punto de vista de los valores, y que sólo requiere la gestión diaria, a menudo sustentada en los servicios urbanos (limpieza de espacios públicos) y la seguridad (a menudo pensada en clave de control policial).
Para la izquierda alternativa, la vida cotidiana es un espacio cargado de sentido y que se sitúa en medio de la transformación social, lo cual nos recuerda que las personas hemos de estar en el centro de la política. Pamplona es su gente y el espacio de transformación es el día a día.
Como bien dice Enric Tello: "Si todavía tenemos alguna revolución pendiente, que vale la pena hacer, es la revolución de la vida cotidiana. Un ecosocialismo de cada día, prosaico, antiheroico y muy feminista". Así pues, el gran reto que tiene Pamplona hoy es la transformación de la vida cotidiana para que todas las personas tengan autonomía parar vivir y vínculos para convivir.
Autonomía para vivir significa que todas las personas puedan desarrollar sus proyectos vitales. Esto requiere libertad de elección del proyecto, igualdad de oportunidades para llevarlo a cabo y una nueva organización de los tiempos, que sitúe el tiempo de vida por encima del tiempo productivo. Significa poner tres acentos en la acción política para conseguir este objetivo: el primero, trabajar por una ciudad inclusiva con pobreza cero. El segundo, acceder a una ciudad que tenga capacidad para lograr la emancipación de sus habitantes (formación, vivienda, empleo...). Y el tercero, que tengamos una ciudad que dé valor al tiempo de vida, entendiendo éste como aquel que dedicamos a la atención a los demás, al trabajo doméstico, al compromiso social, a la participación comunitaria y al goce personal. Una ciudad al ritmo de las personas.
Vínculos para convivir significa apostar por los espacios públicos y la vida en comunidad. Asimismo, es importante que la utilización de esos espacios públicos (solares municipales, calles, plazas, barrios, parques, gaztetxes...) no las pueda definir un único sector social, aquél que tiene más posibilidad de hacer oír su voz, que tiene más poder económico o mediático. Los usos de los espacios públicos deben ser producto de consensos sociales y, el diálogo, el instrumento para la resolución de los conflictos. De esta manera, el ejercicio de autoridad que requiere coordinar dichos espacios estará mucho más legitimado cuanto más amplio sea el alcance del consenso que quiere hacer cumplir.
Pero la Pamplona cotidiana requiere de nuevas formas de gobernar. El liderazgo tradicional, todavía hoy mayoritario en nuestra sociedad, tiene mucho de jerárquico, mediático, vertical, sustentado sobre todo en el carisma personal. Es producto de una concepción de la política donde los ciudadanos y ciudadanas delegan la dirección y solución de sus problemas a ese liderazgo.
El liderazgo alternativo que propone Izquierda Unida tiene que ser horizontal, humilde, autocrítico y bien consciente de que en la ciudad hay muchos movimientos sociales, y que las sinergias entre ellos son su riqueza. Debe tratar de ensanchar la democracia a través de la participación ciudadana, del referéndum municipal, de crear formas directas de control sobre los cargos electos y sobre los asuntos públicos más importantes. En definitiva, debe tratar de acometer los retos desde la complicidad compartida entre el Gobierno y las redes ciudadanas.
Y para construir esa Pamplona más humana, sólo podemos hacerlo desde una izquierda rebelde y alternativa. Creemos que la coherencia no debe ser virtud exclusiva del ejercicio de la oposición y que la responsabilidad no es un monopolio del gobierno. Tampoco creemos en híbridos entre Davos y Porto Alegre. Nos identificamos con la ciudad de la alegría en torno a su capacidad creativa y de diálogo entre movimientos sociales y representantes institucionales. Y como bien dijo Lula, "si vamos a Davos es para defender allá todo lo que hemos creado en Porto Alegre".
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