Opinión

Crecimiento y corrupción en el Monopoly capitalista.

viernes, 07 de noviembre de 2014

En los últimos meses, por desgracia, nos hemos acostumbrado a desayunarnos cada día un nuevo escándalo de corrupción. Cataluña, Madrid, León, Comunidad Valenciana, Andalucía... Socialdemócratas, liberales, nacionalistas, miembros de la Casa Real, sindicalistas hipócritas… Operación Púnica, Trama Gürtel, EREs, Pujoles, Urdangarines, Bárcenas, Tarjetas Black… El sistema está completamente corrompido, y sin discriminar lugar de origen u orientación ideológica, la podredumbre afecta a todos y cada uno de los engranajes que sustentan el Régimen actual.

 

Tras la dictadura franquista y la inconclusa Transición, las oligarquías y poderes fácticos que durante décadas dominaron el Estado español cual señorito cortijero, se democratizaron de la noche a la mañana y consiguieron mantenerse en el Poder. Con una democracia descafeinada que celebraba la entrada patria en la Europa del capital, el sueño español no hacía sino despegar.

 

Con un sistema productivo español que de la autarquía de posguerra, pasaba al desarrollismo tecnócrata, y que ya con el final de la dictadura se adentraba de lleno en lo más salvaje del capitalismo neoliberal, el caldo de cultivo para la repugnante corrupción estaba más que sembrado.

 

Un Régimen como el español que conjugaba un sistema productivo sustentado prácticamente en exclusiva en la delirante espiral de la construcción fruto de la burbuja inmobiliaria y en el tercerizado turismo de sol y playa, con un sistema político partitocrático y bipartidista carente de mecanismos de control y participación ciudadana, el Estado español se convertía en un mega tablero de Monopoly.

 

Durante la fase expansiva del ciclo económico todos ganábamos en este Monopoly capitalista (o esos nos hacían creer los gurús del sistema). El político corrupto que legislaba en favor del empresario corruptor se llevaba su comisión, el empresario corruptor gozaba del favor del político corrupto y seguía maximizando beneficios con sus negocios, y el obrero de a pie pasaba a convertirse en una desclasada clase media que gozaba de un empleo más o menos decente, disfrutaba de un más que aceptable estado del bienestar (conquistado tras décadas de lucha social y sindical, y sustentando en una pirámide poblacional progresiva y en una creciente inmigración trabajadora), e incluso preso de la locura capitalista podía hacer sus pinitos en este juego compra-vendiendo algún inmueble.

 

El juego funcionaba, todos ganábamos y el sueño español iba creciendo hasta que de la noche a la mañana los dados se salieron del tablero y el sistema colapsó (haya por el 2008). Ni los gurús del sistema nos habían advertido de la otra fase del juego, ni la gran parte de nosotros habíamos querido leer la letra pequeña de las instrucciones de este Monopoly cuando algún viejo califa utópico clamaba insistentemente contra él.

 

De repente el castillo de naipes se derrumbó, y con él todas las superestructuras que concebíamos hasta el momento. Palabras hasta la fecha prácticamente desconocidas para nuestra sociedad se adueñaron de nuestras conversaciones: recesión, hipoteca suprime, paro, privatización, externalización, corrupción, prima de riesgo, rescate, agencia de calificación, ajustes, desahucios, banco malo, etc.

 

Aquella desclasada clase media dejaba de ganar en este juego, y sumida por completo en la miseria y en la precariedad despertaba del sueño español. Los días de vino y rosas acababan pero no para todos los participantes del juego. Los mencionados antes políticos corruptos, para que el juego capitalista siguiese en marcha ahora privatizaban empresas y servicios hasta entonces públicos, que casualmente iban a parar a manos de los empresarios corruptores, los cuales también casualmente recompensaban a sus amiguetes corruptos con puestos y jubilaciones doradas en los consejos de administración las empresas que ellos mismos previamente habían privatizado.

 

En este escenario, el sometimiento del poder político al poder económico es total, y la sombra pestilente de la corrupción se proyecta sobre la práctica totalidad de las estructuras y administraciones del Estado, lo que unido a las políticas neoliberales aplicadas por los partidos del Régimen en los último años ha llevado a la sociedad española a una situación de descomposición social sin precedentes.

 

El capitalismo como sistema económico-político-social voraz que necesita de un crecimiento continuo y constante para seguir maximizando sus tasas de ganancias, basa su modo de producción en la continua explotación a un proletariado carente de libertades en su concepción positiva para desarrollarse por sí mismo fuera de este marco de explotación. Así mismo, el propio capitalismo concibe la corrupción como un engranaje más de este sistema perverso orientado única y exclusivamente a la búsqueda del crecimiento económico y a la maximización de beneficios de las oligarquías económico-financieras dominantes a toda costa.

 

El fin del la corrupción pasa imprescindiblemente por la democratización de la economía en su sentido más radical, o lo que es lo mismo, pasa por el necesario fin del sistema capitalista. Pasa por el sometimiento del poder económico al legítimo poder político. Para ello, es necesario un profundizamiento democratizador del sistema político que junto con un empoderamiento popular permita a la ciudadanía participar en la gestión y control de las instituciones públicas, y en el caso que esta lo decida oportuno pueda revocar a sus representantes. Frente al mito liberalizador y privatizador capitalista, los sectores estratégicos de la economía deben estar en manos del Estado, para que desde una gestión plenamente democrática se pongan eficazmente al servicio de la mayoría social hasta ahora desposeída.

 

En manos nuestras manos está el acabar con este juego perverso. ¿Aceptamos el reto transformador?

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