Opinión

Naciones plurinacionales

sábado, 12 de octubre de 2013

En  los procesos de construcción de Estados nacionales de los dos pasados siglos se ha solido manejar un esquema tan simplista como tranquilizador, cada nación debe tener su propio Estado y cada Estado su propia nación, con el resultado final de un mapamundi adecuadamente troceado y coloreado en porciones indicativas de comunidades humanas tan distintas entre sí como internamente homogéneas. Dado que la situación de partida, allá por 1776 (Revolución americana) o 1789 (Revolución francesa), distaba mucho de ese objetivo hubo que emplearse a fondo aplicando una de dos fórmulas. El modelo americano o francés consistente en, contando ya con un Estado soberano bien organizado, con las sólidas instituciones de una antigua monarquía o de una república recién instaurada pero con una base humana excesivamente variopinta, crear una nación unida y homogénea enseñando a sus miembros a hablar la misma lengua, a practicar la misma religión, a profesar las mismas ideas, a contar la misma historia de los antepasados comunes, a seguir la misma bandera o, en fin, a sentir el mismo orgullo nacional. La escuela, la Iglesia, la milicia, la televisión años más tarde, ayudan a conseguirlo. El segundo modelo, alemán, italiano o eslavo, consiste en, identificada una nación preexistente, una comunidad humana ya unida por su lengua, su religión o su historia, dotarle de un Estado soberano para asegurar su identidad y su preservación. Para ello hay que, o bien unir los distintos Estados en que aparece fragmentada la nación, o bien independizarla del imperio a la que ha estado sometida, o si es necesario combinar ambos procedimientos.

 

Sea cual sea el camino elegido, el ideal nacional es común y en unos y otros países se comparte el mismo sueño de construir una nación única, unida, unitaria y lo más uniforme posible. Sueño plasmado en lemas como Una, Grande, Libre o Ein Volk, ein Reich, ein Führer de los nacionalismos totalitarios español y alemán, pero también en afirmaciones más democráticas como "la República francesa es una e indivisible" del acta constitucional de 1793, "la nación mexicana es única e indivisible" que figura desde 1857 en su Constitución, o "una nación indivisible, con libertad y justicia para todos" del juramento de lealtad a la bandera de Estados Unidos. Se aspira a la unidad política y a la homogeneidad cultural, espiritual e ideológica (menos a la nivelación socioeconómica) y, por ello, en la práctica ambos modelos de construcción nacional, el "político" francés y el "cultural" alemán, no difieren tanto sino que confluyen. Como explica Gellner, "puede definirse a las naciones atendiendo a la voluntad y la cultura, y, en realidad, a la convergencia de ambas con unidades políticas". Por eso se pueden defender y aplicar alternativamente recetas distintas; en el siglo XIX Francia pudo reclamar Alsacia pese a su lengua y cultura alemanas pues lo que vale es la voluntad, el "plebiscito cotidiano" de Renan, pero también Saboya -pese a sus lazos con la monarquía piamontesa- por su lengua y cultura francesas; en el siglo XX Alemania pudo reclamar Alsacia, Austria o los Sudetes por ser tierras de lengua y cultura alemanas, pero por si acaso también Bohemia, Moravia, Silesia y parte de Polonia para germanizarlas.

 

Ese ideal de que a cada nación (unida y homogénea), su Estado (unido y uniforme), y viceversa, no se ha cumplido y es más que dudoso que pueda cumplirse. Persisten movimientos nacionalistas que se reclaman como defensores de "naciones sin Estado" que quieren redibujar las fronteras mediante procesos de independencia o de fusión pero, en realidad, casi ningún país del mundo posee la homogeneidad cultural, lingüística, espiritual o política necesaria para constituir una nación única, unitaria y diferenciada según el ideal nacionalista. En esas supuestas naciones pendientes de obtener su propio Estado suele existir amplia división interna sobre identidades nacionales, proyectos políticos y deseos de independencia. Hoy es cada vez más habitual hablar de Estados plurinacionales o pluriétnicos, incluso en textos constitucionales, como el de México que desde 2001 afirma que "la Nación tiene una composición pluricultural" y reconoce "el derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación"; Ecuador desde 2008 se define como Estado unitario, intercultural y plurinacional; Bolivia desde 2009 es "un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario"; tanto la Constitución de Sudán como la de Sudán del Sur definen su respectivo Estado como multiétnico, multicultural, multilingüístico, multirreligioso y multirracial, mientras que la soberanía de la Federación Rusa desde 1993 se atribuye a "su pueblo multinacional". En todos estos casos la idea de trocear territorios para conseguir naciones homogéneas se abandona para establecer Estados pluralistas en lo cultural, lingüístico o nacional. El Estado plurinacional rara vez puede consistir en un conjunto de piezas distintas e internamente homogéneas que se puedan separar sin problemas, una serie de naciones perfectamente delimitadas e identificadas en un contenedor común. Suele ser una nación de naciones, una comunidad humana unida por ciertos vínculos políticos y culturales pero integrada a su vez por otras comunidades igualmente plurales y de límites difusos, un sistema complejo donde conviven personas con diversos sentimientos de identificación nacional, cultural, lingüística, política, social.

 

Hace poco en el Congreso se ha debatido una moción de BNG, ERC y Amaiur sobre el derecho de autodeterminación que identificaba "las naciones que conforman el Estado español: Euskal Herria (con los cuatro territorios forales), Països Catalans y Galiza", aunque preventivamente se añadían también "todas las que lo definan en su Estatuto de Autonomía o que así lo apruebe su Parlamento en base a sus derechos históricos, su sentimiento nacional o su voluntad democrática" (hasta un máximo de once más, por tanto, dado el número de parlamentos disponibles). Una contabilidad tan simple como engañosa. Los países catalanes, o los países españoles, o los países vascos, tanto da, son territorios donde conviven personas cuyo sentimiento nacional es distinto; catalanes que se sienten españoles, o no, valencianos que no se sienten catalanes, o sí, navarros que se sienten -o no- vascos, vascos que no se sienten españoles, alemanes que se sienten mallorquines, gallegos que se sienten argentinos, argentinos que se sienten o no gallegos, apátridas que no sabemos cómo se sienten. España es una nación de naciones plurinacionales, una nación de ciudadanos no menos plurinacionales. Igual que Cataluña, Euskal Herria o Navarra.

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