Opinión

Bandos y banderas

viernes, 26 de julio de 2013

Dice el DRAE que bandera y banda vienen del germano bandwó. Además de signo identificativo, resulta que banda es también "grupo de gente armada y "parcialidad o número de gente que favorece y sigue el partido de alguien". El origen de las banderas está asociado a la guerra. Inicialmente sirvió para identificar a las unidades militares, para distinguirlas dentro y fuera del campo de batalla, como instrumento de señales para avanzar, retroceder o agruparse y para indicar la toma de las posiciones enemigas. Con el tiempo su uso pasó del ámbito militar al civil; en lugar de identificar a una hueste guerrera, la bandera identifica a una comunidad humana o a una institución. A menudo la bandera real que portaban los ejércitos de los monarcas absolutos se convierte en bandera nacional una vez que la soberanía es reclamada y conquistada por la nación, por el conjunto de los ciudadanos.

 

Hay banderas que inicialmente identificaban a un bando y que con el transcurrir del tiempo pasan a identificar a toda una comunidad porque la causa de ese bando triunfa, o porque ese bando logra incorporar a los bandos que se le enfrentaban. La bandera de los Estados Unidos de América inicialmente fue la del Ejército continental, el formado en las trece colonias sublevadas que luchaba contra los británicos y contra los americanos leales al monarca inglés, que tras ser derrotados tuvieron que elegir entre integrarse en la nueva nación o emigrar a la Norteamérica británica, el actual Canadá, u otros lugares. Con el tiempo la bandera de las barras y estrellas dejó de identificarse con un bando y pasó a identificar a toda la nación. Algo parecido sucedió con la bandera tricolor francesa surgida de los colores que en 1789 el marqués de Lafayette eligió para la escarapela de la Guardia Nacional; inicialmente identifica al bando revolucionario que abolió el Antiguo Régimen y llevó a Luis XVI a la guillotina, por eso en 1815, con la restauración monárquica, es prohibida y sustituida por la bandera blanca de los Borbones. Pero a lo largo del siglo XIX la bandera tricolor francesa deja de ser símbolo de un bando para ser asumida como bandera de toda la comunidad nacional.

 

Otras banderas no han conseguido superar su condición de signo de un bando y convertirse en símbolo compartido de toda la comunidad. Le ha sucedido a la bandera inicialmente diseñada por Carlos III como bandera de guerra naval y luego extendida a todas las fuerzas militares, su conversión en bandera nacional de España en la segunda mitad del siglo XIX se ve dificultada, de un lado, por la aparición de los nacionalismos catalán y vasco, que no se identifican con ella, y por el auge del movimiento republicano durante la Restauración, que la considera como símbolo monárquico. Durante la II República y la Guerra Civil se enfrentan dos bandos con dos banderas, la tricolor y la bicolor, y sale triunfante el segundo que impone sus símbolos. La Transición iniciada tras la muerte de Franco en 1975 intentó, siguiendo el ejemplo de otros países, que la bandera rojigualda dejara de ser signo de un bando y fuera asumida como signo común. En ese sentido se encaminaba su pública aceptación por el PCE bajo el liderazgo de Carrillo en abril de 1977 como condición para su legalización; que resultó un intento frustrado se revela en el hecho de que en las honras fúnebres de Carrillo en 2012 la bandera bicolor apenas estuvo presente, siendo más numerosas las banderas rojas y tricolores. La segunda Restauración y el régimen derivado de la Constitución de 1978 ha fracasado en la integración política y simbólica de toda la ciudadanía en un proyecto común de convivencia. No solo porque persisten y se refuerzan los nacionalismos crecientemente independentistas (fruto probable de que, conforme a la afirmación de Ortega, en España sigue habiendo más separadores que separatistas), sino porque una buena parte de la ciudadanía ha quedado defraudada en sus necesidades más básicas: trabajo, vivienda, democracia, esperanza en el futuro. Un sistema político cerrado a las demandas de la sociedad, donde la corrupción alcanza límites intolerables, donde nadie responde de nada, que ampara un sistema económico injusto que fomenta una escandalosa desigualdad y extiende la pobreza, ha entrado en una crisis de legitimidad que se extiende también a sus símbolos (entre ellos, a la monarquía).

 

La bandera nacional española que, conforme a la ley, "es signo de la soberanía, independencia, unidad e integridad de la patria y representa los valores superiores expresados en la Constitución" y ondeaba en la fachada de la Casa Consistorial de Pamplona en el momento de lanzarse el chupinazo el pasado día 6 de julio, pues, no concita adhesión unánime sino que se ve como símbolo de un bando por una buena parte de la ciudadanía. Pero lo mismo hemos de decir de la ikurriña que colgaron con inoportunidad y alevosía unos pescadores de aguas revueltas diez minutos antes del mediodía cerca de esa fachada. En su origen la bandera bicrucífera diseñada por los hermanos Arana Goiri fue bandera de partido, del PNV, y luego de un bando más amplio, el nacionalismo vasco. Desde 1979 es la bandera oficial de la Comunidad Autónoma del País Vasco, en cuyo territorio ha conseguido dejar de ser bandera de un bando para ser bandera de toda su ciudadanía, aunque los grados de entusiasmo en esta sean variables. En Navarra, sin embargo, ha seguido siendo bandera de bando, del nacionalismo vasco y de algunas áreas colindantes del mismo; otros bandos la rechazan. Por mucho que a sus partidarios les guste verla como bandera nacional de los vascos, tampoco han conseguido la adhesión unánime de esa comunidad a la que supuestamente identifica.

 

Todo símbolo remite a otra cosa, a su significado, y esta guerra de banderas nos remite al conflicto de convivencia que seguimos teniendo en esta tierra. Centrarnos solo en la cuestión de las banderas, limitarnos a aplicar la ley que dice qué banderas son oficiales y cuáles no, exigir que sean oficiales todas las banderas de todos los bandos, proponer que cada institución ponga libremente las banderas que considere oportuno, no es sino poner paños calientes u ofrecer falsas soluciones. La cuestión previa es si somos capaces de establecer unos acuerdos que nos permitan convivir, o conllevarnos, o tolerarnos mutuamente, de una forma razonable y apañada al menos durante los años próximos, porque los acuerdos que han venido funcionando resultan en buena medida insatisfactorios e inapropiados para estos tiempos que corren. O si preferimos seguir en esta dinámica de guerra de identidades, de bandos y banderas hasta poder colocar la propia en las posiciones conquistadas al ejército enemigo una vez cautivo y desarmado.

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