Opinión |
La derecha apocalíptica
Esta representación de la realidad tiene larga tradición en el pensamiento político y religioso y reaparece periódicamente en diversos sectores ideológicos. Por no remontarnos mucho más lejos en el tiempo y el espacio, ha sido típica de la derecha reaccionaria española de los siglos XIX y XX, convencida de la existencia de una conspiración revolucionaria, inspirada directamente por Lucifer, dirigida a truncar el orden natural y tradicional de la sociedad y que se manifiesta a través de diversas organizaciones y corrientes políticas: la masonería, el liberalismo, el anarquismo, el sionismo, el socialismo, el comunismo. Todas manifestaciones diversas de un único complot que avanza a través de la historia, culpable de la decadencia de España tras sus siglos de oro, una conspiración que nunca descansa y a la que hay que combatir también sin desmayo. La idea del contubernio judeo-marxista-masónico internacional estuvo muy presente en la génesis y desarrollo del régimen franquista, construido a través de la victoria por las armas sobre todos los enemigos de España adecuadamente reunidos en torno al Frente Popular.
La derecha postfranquista se distanció de tal visión de las cosas y se acogió a una mentalidad más liberal y democrática, esto es, más centrada en la consideración de la sociedad como un ente complejo con diversidad de intereses y con pluralidad de ideologías que requiere de la búsqueda de un marco ordenador que haga posible su convivencia y su competencia pacífica. Tal fue la actitud, pese a su procedencia del franquismo, de gente como Suárez o Fraga.
Los herederos de Fraga, la generación que le ha sucedido en la dirección del Partido Popular, los Aznar, Acebes, Zaplana y compañía, han aceptado las reglas de juego de la democracia pero curiosamente han retrocedido hacia la mentalidad apocalíptica de etapas anteriores. Aparte de la herencia de sus abuelos, puede que hayan sufrido la influencia de otras corrientes ideológicas allende nuestras fronteras que comparten las mismas aprensiones. Me refiero sobre todo a los neocons y a la derecha religiosa que gobiernan actualmente en los Estados Unidos de George W. Bush, tan proclives a pontificar sobre ejes del mal, cruzadas en defensa de la civilización y decisiones políticas y bélicas directamente inspiradas por Dios.
La consecuencia ha sido que cualquier aspecto de la vida política española es analizado desde esa visión conspiratoria. Así, resulta que los atentados del 11-M no son simple obra de terroristas islámicos, sino consecuencia de una conspiración en la que, junto a los islamistas (al parecer los seguidores de Mahoma han ocupado en la trama revolucionaria el lugar tradicional de los hijos de Israel, recuperados para la causa del bien), participan socialistas, etarras, policías, jueces, servicios secretos, medios de comunicación y delincuentes varios. La reforma de los estatutos de autonomía de las comunidades donde no gobierna el PP no es sino parte de una conspiración rojoseparatista para modificar por la puerta falsa la Constitución española y avanzar hacia la desmembración de España. El proceso de paz no es tal sino otra conjura apenas desvelada para rendir al Estado frente a ETA y conceder la independencia al País Vasco, por supuesto incluida Navarra. La derecha navarra denuncia que existe una conspiración específica para acabar con su identidad, inducida desde Euskadi y con una quinta columna de socialistas, comunistas y nacionalistas cuya principal arma será una artificial euskaldunización de la Comunidad Foral si llegan al gobierno.
Las reformas en la enseñanza, en particular la introducción de una asignatura de educación para la ciudadanía que no responde a la práctica de otros países de infundir valores éticos en los alumnos sino al propósito de adoctrinar ideológicamente a las futuras generaciones, forman parte de la misma maquinación para pervertir el orden social. La ley que permite el matrimonio de personas del mismo sexo forma parte de una confabulación para destruir la familia; la afirmación de la laicidad del Estado no es sino una maniobra para iniciar una persecución religiosa contra la Iglesia Católica. Y así sucesivamente.
El problema del predominio de esta corriente en la derecha española es que imposibilita o dificulta gravemente un debate en términos democráticos. Porque un debate democrático exige considerar que el adversario no es un enemigo que encarna el mal absoluto sino alguien que puede tener su parte de razón, sus razones, al que hay que permitir que las defienda y con el que incluso se puede llegar a acuerdos. Poco debate se puede realizar si de antemano se descalifica al adversario afirmando que miente, que oculta la verdad, que actúa por razones inconfesables y en secreta conjura con siniestros poderes ocultos para destruir la sociedad.
Creo que hay, espero que haya, otros sectores de la derecha con otra mentalidad distinta y por la salud del sistema democrático confío en que en algún momento se acaben por imponer.
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