Opinión

Chupinazo: Un modelo agotado

martes, 20 de abril de 2010

Primero entre diversos sectores sociales de la ciudad de Pamplona (el grupo de Facebook que la reclama funciona desde principios de año, con cientos de miembros), y después entre algunas fuerzas políticas (en la última semana), se ha lanzado la idea de que el lanzamiento del chupinazo que señala el comienzo de las fiestas de San Fermín de este año corra a cargo de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, como un modo de homenaje a esta institución que cumple ahora 150 años. Desde Izquierda Unida de Pamplona-Iruñeko Ezker Batua nos queremos sumar públicamente también a esta iniciativa y solicitar de la alcaldesa de Pamplona que designe a un representante de la Comparsa para prender la mecha el día 6 de julio.

 

Pero queremos aprovechar la ocasión para abordar también el tema que late en el fondo del debate sobre el chupinazo, que no es otro sino cuál debe ser el criterio y el procedimiento para decidir qué persona ha de dispararlo cada año. Recordemos que en un principio, a partir de 1941, cuando se institucionalizó el acto en la casa consistorial, correspondía esa tarea al concejal que ejercía como presidente de la comisión de fiestas, por lo cual la misma persona repetía tantos años como los que  presidiera la comisión. En aquella época no se daba mayor relevancia el hecho de quién fuera el lanzador del chupinazo.  Este criterio duró hasta 1979, en que por última vez correspondió el disparo al presidente de la comisión de fiestas, entonces Juan Manuel Pérez Balda, concejal elegido por el PSOE en la primera corporación de elección democrática; desde 1980 y a su iniciativa se adoptó el criterio de que esa tarea fuese rotatoria entre los diversos partidos políticos, primero en el seno de la comisión de fiestas y desde la legislatura iniciada en 1983 dentro de la corporación en general.  Esa costumbre se siguió a rajatabla hasta el año 2000 y fue asumida pacíficamente no sólo por todas las fuerzas políticas sino también por la ciudadanía. Sin duda su éxito tenía que ver con el hecho de que el turno rotatorio expresaba la pluralidad reconquistada tras la dictadura franquista y todos los vecinos y vecinas podían verse representados en un acto que había ido adquiriendo cada vez mayor importancia dentro del programa de fiestas, hasta el punto de que lanzar el chupinazo se convirtió en un honor particularmente apreciable por quienes tenían opción de acceder a él.

 

Las cosas cambiaron a partir del año 2000. Según la costumbre, que ya tenía veinte años, le hubiera tocado a un concejal de Euskal Herritarrok. La alcaldesa decidió unilateralmente otra cosa, invocando unas potestades legales que los anteriores alcaldes habían preferido someter al consenso. Quizás hubiera sido el momento de plantear abiertamente un debate sobre si el turno rotatorio debía mantenerse siempre, si había motivos para alterarlo o para sustituirlo por otro criterio. Es evidente que la aceptación social se había roto, que muchos vecinos no se hubieran sentido representados por un concejal perteneciente a un grupo que no condenaba el terrorismo de ETA, que dos años antes había asesinado a un concejal del propio Ayuntamiento de Pamplona. Por desgracia no hubo lugar a ningún debate (la participación y la transparencia no han sido la característica de las corporaciones presididas por la señora Barcina) y se prefirió utilizar evasivas y excusas, y se designó al Club Atlético Osasuna que ese año había ascendido a primera división; al año siguiente se hizo lo mismo con el Portland-San Antonio que acababa de ganar la Copa de Europa de balonmano. Desde entonces la alcaldesa ha mantenido una peculiar y personal pauta: mantener el suspense, amagar con otros posibles criterios, y al final designar a quien corresponda por el turno rotatorio de mayor a menor grupo político, siempre y cuando no corresponda a la autodenominada izquierda abertzale.

 

Este año, manteniendo el turno, correspondería a uno de los concejales de la ilegalizada ANV. Ellos mismos son conscientes de que nunca van a ser designados y se han puesto la venda antes de la herida adhiriéndose a la solicitud de que sea la Comparsa de Gigantes y Cabezudos quien reciba esa distinción. Podemos seguir hurtando el debate o podemos afrontarlo de cara. ¿Deben seguir siendo los concejales quienes lancen el chupinazo? ¿Debe ser la alcaldía la que discrecionalmente decida cada año? ¿Debe utilizarse la designación para lanzar el chupinazo como un acto de homenaje a favor de una persona o una institución que tenga méritos para ello? Creemos que el modelo iniciado en 1980 ya está agotado; fue acertado en su momento, y a todos quienes han disparado el chupinazo les asiste toda legitimidad para haberlo hecho conforme al criterio existente hasta hoy; pero hora es ya de plantear otro más adecuado al presente.

 

Proponemos que se abra este debate y nuestra alternativa, que defenderemos dentro del programa electoral para 2011 y a través de la representación que obtengamos en el Ayuntamiento de Pamplona, es que se elabore una ordenanza municipal para regular el procedimiento de designación de la persona que haya de lanzar el chupinazo cada año. La designación debe hacerse por la alcaldía a propuesta de una comisión compuesta por todos los grupos políticos y por entidades ciudadanas y vecinales representativas y ligadas a las fiestas; la persona designada, en su caso (puede tratarse también de una institución), no debe estar ocupando cargos políticos en activo (ningún problema si los ocupó en el pasado); debe estar ligada a la ciudad y ostentar méritos en cuanto a la vida cultural, económica, política o social de Pamplona. Creemos que esta es la fórmula adecuada para que la ciudadanía vuelva a sentirse colectivamente identificada con el acto de lanzamiento del chupinazo, para devolverle algo que en todo caso debe ser de patrimonio común y no quedar al albur de la coyuntura política o de los intereses partidistas.

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