Opinión

La hora del filósofo

jueves, 11 de marzo de 2010

Tiene razón Aurelio Arteta que a algunos “la guerra de las galaxias” les pillará escribiendo sobre el nacionalismo. Algo que han convertido en tan monótono que no aciertan ya más que a criticar a otros su propia militancia. Llevan años repitiendo los males que el nacionalismo causa (análisis que comparto); pero sin detenerse una hora ... ¡qué digo, hora!; sin detenerse un segundo a mirarse a su propio espejo identitario y darse cuenta que los mismos males promueven los distintos nacionalismos. Ya sea el vasco o el español; el nacionalismo es un ejercicio de irracionalidad y de prepotencia, con buena carga xenófoba.

 

Filosofía y nacionalismo son términos antitéticos. Mientras los filósofos practican un saber para establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad y el sentido del obrar humano; los nacionalistas militan en atribuir entidad propia y diferenciada a un territorio y a sus ciudadanos, donde se fundan sus aspiraciones políticas. Es decir, cosmovisión frente a reduccionismo.

 

Uno de los mayores vicios de nuestra democracia es, precisamente, la dedicación furibunda de un nacionalismo en atacar al otro: el nacionalismo español ataca firmemente a los nacionalismos periféricos, y viceversa. Una forma estructural de mantener viva la militancia en el nacionalismo en que uno milita es demostrar los ataques recibidos por el otro. 

 

Y no se reparan en medios. Es lo que tiene la posesión de la verdad absoluta... Todo aquel que no esté conmigo, está contra mí. Hay nacionalistas que entienden que todo aquel que no profese su propios valores, militan en el nacionalismo contrario. Que IUN y el PSN no comparten mis postulados, entonces “están desnortados”, “convertidos al nacionalismo obligatorio”, y “confunden a Dios con el Diablo”. En este apasionante debate les pillará a algunos esa “guerra de las galaxias” que parece temer Arteta.

 

Parece ser que lo que más ocupa a algunos de todas las Leyes forales aprobadas en nuestro Parlamento es la relativa a la normalización lingüística. Nada se dice de los Presupuestos Generales de Navarra, de las medidas urgentes para combatir la crisis, de la gratuidad de los libros de texto, de la equiparación de las pensiones de viudedad y de la Renta Básica al SMI, de la interrupción voluntaria del embarazo en la Comunidad Foral, etc.

 

Acudiendo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española hago míos los principios de UNION (“conformidad y concordia de los ánimos, voluntades o dictámenes”), PROGRESO (“perfeccionamiento, adelanto, avance”) y DEMOCRACIA (“doctrina favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”), para aplicarlos al conjunto de la acción política. Y, lógicamente, también al que nos ocupa: la modificación de la Ley Foral del Vascuence.

 

Y esto lo traigo a cuento, analizando el artículo “Una fe de parlamentario”, publicado el pasado sábado en Diario de Navarra. En él realiza una encomiable retahíla de juicios de valor para los demás, pero practica la misma “nadería argumental” que dice combatir.

 

Una modificación de la Ley Foral del Vascuence que ha conseguido, por primera vez desde 1986, unir, conformar la voluntad y el ánimo de una mayoría parlamentaria para adecuarla a la realidad de la ciudadanía navarra de 2010. Ejercicio progresista, no sólo por responder al ideal de la mayoría de la Cámara que la ha apoyado, sino también porque supera la confrontación partidista en torno al “euskera” existente (entre los que niegan cualquier desarrollo de la Ley y los que pretenden su imposición obligatoria en todo el territorio foral). Y desarrollo democrático, donde hemos asumido la intervención del pueblo en el gobierno, la decisión mayoritaria de la ciudadanía por medio de un estudio sociolingüístico.

 

Estudio sociolingúístico obligado por Ley, realizado dos veces en tres años por un Gobierno de UPN, y que ha concluido con la existencia de una demanda mayoritaria en 9 poblaciones de la zona no vascófona de pertenecer a la zona mixta. No se trata de trampas y tramposos; se trata de asumir la convivencia del castellano y el euskera en la Navarra moderna que vivimos, que hoy hay más familias en la Comarca de Pamplona que matriculan a sus hijos e hijas en el modelo D que en el modelo G, que deciden empadronar a sus hijos en localidades de la zona mixta (viviendo ellos en una localidad de la zona no vascófona) para que puedan estudiar en euskera.

 

Parece que a algunos no les gusta esta modificación. Bien es verdad, que como se reconoce en el mencionado artículo, éstos apuestan por otra modificación, la de reducir Navarra a dos zonas lingüísticas: la zona vascófona actual y la zona no vascófona, eliminando la zonificación mixta actualmente vigente. Esto, lógicamente, sin esta zona intermedia más dúctil, serviría para arreciar en los conflictos de unos navarros contra otros. Y a río revuelto, quien pretende la confrontación nacionalista espera la ganancia de pescadores.

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