Opinión

De muros, fronteras y libertades

escrito por Javier Eusa, afiliado al PCE/EPK y a IUN-NEB domingo, 29 de noviembre de 2009

Los apologetas del capitalismo pretenden apropiarse de la palabra “libertad”. Y hasta celebran la caída del muro de Berlín. En el colmo, hasta hay quien llega a decir que el capitalismo derriba todos los muros.

 

Bueno, en realidad algo de eso ya lo dijeron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, allá por 1848.

 

Se referían a las fronteras políticas y económicas. Y también a las fronteras entre la economía y el resto de las actividades y necesidades humanas: la cultura, la educación, la alimentación, vivienda, hasta incluso las necesidades más intimas, como es el afecto y el sexo.

 

Todo cuanto sea susceptible de producir beneficios se convierte en objetivo de los capitalistas. Nada escapa a su afán de lucro. Ni nadie. El planeta entero, con todos sus recursos naturales, y los pueblos que lo habitan. El suelo, con sus minerales, el agua, el aire, la energía y hasta los seres vivos. Todos los recursos son esquilmados por la avaricia capitalista. Todos los ecosistemas agotados y contaminados, los que no lo están lo estarán.

 

Y esa avaricia tiene unos beneficiarios, y unos perjudicados.

 

Los beneficiarios son unos pocos miles de personas, archimillonarios. Unos pocos centenares de estas “afortunadas” personas acumulan tanta riqueza como la mitad de la humanidad. Además, las clase medias  de los países económicamente desarrollados, también pueden considerarse beneficiadas. Gozan de empleo relativamente estable, y alto poder adquisitivo, gracias al férreo control de los precios por los “mercados” internacionales.

 

Aunque estas clases medias son una población que también está sufriendo las consecuencias de la crisis actual, a su manera, porque la crisis está provocando despidos, y centenares de millones de personas de ese mundo desarrollado vive bajo el umbral de la pobreza, con empleos precarios, bajos salarios, en muchos casos hipotecados de por vida, con un negro futuro por delante. Estos, precarios, parados, hipotecados y empobrecidos, forman parte ya de la legión de los perjudicados.

 

Pero la mayoría de los perjudicados viven en el llamado Tercer mundo. Algunos malviven de trabajos en fábricas que las multinacionales deslocalizan a sus países. Habitualmente las fábricas que más contaminan, o más intensivas en mano de obra, la cual es barata, y además privada de derechos sindicales y políticos, en muchos casos. Otros, malviven en grandes urbes, asfixiados por la contaminación, sin agua potable, sin saneamiento de aguas residuales, presos de enfermedades, y viviendo del trapicheo, la delincuencia, la recogida “selectiva” de basura... Y muchos, cada vez menos, viven de la agricultura “campesina”, la de toda la vida, una agricultura sabia, que respeta los ritmos de la vida, sostenible. Pero esta agricultura campesina está siendo desplazada por la agricultura capitalista, intensiva, mucho más productiva, pero también más depredadora e insostenible, a la par que arriesgada, al utilizar semillas transgénicas. Estas gentes pierden sus tierras, o se arruinan, y deben emigrar a las ciudades, a buscarse la vida de la forma antedicha. 

 

De tal manera que alrededor de ¾ partes de la humanidad viven en la pobreza, 1100 millones padecen hambre y desnutrición, alrededor de 60 millones de personas, la mayoría niños, mueren de hambre cada año. Y muchos centenares de millones sufren y mueren por enfermedades tratables.

 

Además, están las guerras, propiciadas muchas veces por el “Norte”, para el control de recursos estratégicos, y el comercio de armas. Y está la deuda externa, y los acuerdos comerciales, por los que el Norte puede exportar sus productos, subvencionados, y cierra fronteras o se defiende de las mercancías del Sur. Y está la economía neocolonial, herencia del colonialismo, por la cual muchos de esos países viven del monocultivo de materias primas, pero su precio lo marcan los capitalistas especuladores del Norte. Y el control del crédito por parte de las instituciones financieras, como el FMI, que impone condiciones leoninas de maximización de beneficios.

 

Como resultado, “masas” de pobres no tiene de qué vivir, y emigran al Norte. Y he aquí que los mismos que son partidarios de la libre circulación de capitales y mercancías, los mismos que celebran la caída del muro de Berlín, son ahora quienes mantienen el discurso hipócrita de por un lado beneficiarse de la llegada de emigrantes, y por otro azuzar en su contra, negarles derechos, y limitar su llegada, no sea que vengan demasiados.

 

Y así vemos cómo otros muros se han levantado, precisamente por aquellos que dicen derribarlos, o celebrarlo: el muro que separa al Norte y al Sur. En Ceuta y Melilla; en USA; en el Estrecho y Canarias, el mar como muro. Y muros que oprimen a pueblos víctimas de invasiones, como los de Gaza y Cisjordania,  Sahara...

 

Y hay también muros, en el interno de las sociedades desarrolladas: los de las cárceles, donde van a parar delincuentes “comunes”, por robos de poca monta, mientras los grandes ladrones de los paraísos fiscales son reputados ciudadanos. Los muros de los parados de edad madura, que lo tendrán muy crudo para volver a trabajar, victimas de EREs en empresas con beneficios. Los muros de los prostíbulos, donde son esclavizadas mujeres bajo engaño y/o amenaza. Los muros de las casas que no salen a la venta, porque los bancos no quieren ponerles un precio razonable, mientras muchas personas no encuentran vivienda que poder pagar, y el Gobierno se lava las manos. Los muros de muchos jóvenes ante su futuro, hipotecados, con trabajo precario o en paro. Los muros de los que son desahuciados, los de aquellos que tienen que recurrir a la caridad para comer...

 

La izquierda alternativa y anticapitalista tiene ante sí el reto de derribar muros, todos los muros, y que florezca la libertad. La verdadera libertad, la de una vida liberada de la opresión y el miedo a la pobreza, la marginalidad, la enfermedad y el hambre. La libertad de organizar la economía según los intereses de la mayoría, y por tanto a través de lo público. La libertad de participar en las decisiones de los centros de trabajo. En definitiva, la democracia, no limitada a elegir dentro de un bipartidismo, que tan sólo es una alternancia en el poder dentro de las normas de juego capitalistas, no verdadera alternativa. Una democracia llevada a todos los ámbitos, sociales, económicos y culturales. Que se expresa en la tolerancia a lo privado, sin discriminaciones por creencias o no creencias, sexo o preferencias sexuales, por la raza y el color, el idioma o la patria.

 

Sólo así puede el ser humano alcanzar una libertad digna de tal nombre.

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