Opinión |
Soy un buen partido
El otro día me crucé por la calle con una persona que llevaba una camiseta que decía: “Soy un buen partido”. Por deformación pensé que la izquierda también lo es y sin embargo seguimos sufriendo los rigores de una cierta indiferencia social. Al fin y al cabo, la vida política, demasiado a menudo, se escribe a golpe de persuasión. Y la persuasión tiene algo de seducción, pero también de influencia en la opinión pública manipulando símbolos y tocando la fibra más sensible que todos llevamos dentro.
Está claro que son otros los que saben de manipular símbolos. La izquierda, en un alarde de pureza, abomina de adulterar y falsificar la vida real en su propio beneficio. Por eso, aunque el mundo está sumido en una grave crisis económica, en Navarra se nos ha vendido otra cosa. Este verano hemos seguido el folletín para saber si Barcina iba a echar a Cristina Sanz de su grupo municipal por haberse pasado al PP después de la resaca sanferminera. Nos bombardearon con las sospechas sobre si el CNI se había dedicado a infiltrarse en Nabai. ¡Como si lo necesitara! Nos asombraron con la idea de que el chupinazo de Berriozar lo lanzara el Kiliki negro. Y como respuesta, los dos Presidentes de UPN intentaron cambiar al actual alcalde por uno de los suyos, envolviendo el regalo en declaraciones sobre política antiterrorista. Y tampoco en el Estado lo estaban haciendo mejor: en vez de hablar de que la subida de impuestos indirectos afectan a todos, independientemente del nivel de ingresos en vez de gravar las rentas más altas y de capital, el comentario general era sobre la ropa que llevaron a no sé que acto con Obama las hijas de Zapatero. Supongo que no soy la única que siguió estas noticias... con un poco de sorpresa. Con la sensación de que vivimos en una tierra que se aferra al humor surrealista aderezado con unas gotitas de prensa rosa y de novela negra. Un cóctel explosivo pero que, en política, a veces funciona.
Claro que, mientras tanto, la situación política ha sufrido una auténtica mutación. A pesar de los ojitos que Barcina le hizo a Cospedal, Sanz decidió que UPN rompiera con el PP la pasada primavera. Al llegar al otoño ha roto peras también con CDN. No son cambios menores. Son cuestiones de grandes magnitudes en las que a muchos nos queda la sensación de que detrás hay algo más que no nos quieren decir. A Roberto Jiménez se le ha quedado esta sonrisa de quien todo lo sabe pero vale más por lo que calla que por lo que dice. La deriva del PSN empieza a ser esquizofrénica. Y, mientras tanto, Nabai, aquella esperanza blanca, empieza a tintarse con ese gris manchado de las desavenencias internas; las diferencias políticas parecen infinitas, las afinidades pocas: la esencia territorial y la percepción de que juntos ganan más que separados. Aun no se sabe si estos dos únicos nexos de unión serán suficientes. Tendrá que contestarlo Uxue Barkos, que sirve para todo: candidata al congreso, candidata al Ayuntamiento de Pamplona y ahora, para EA, la candidata más adecuada al Gobierno de Navarra.
Porque detrás de los kilikis negros, las adolescentes góticas, Anacleto agente secreto y Yolanda Barcina silbando en la vía, está lo importante. Y lo que de verdad importa es que en Navarra, según los datos del mes de agosto, había 37.391 parados (38 menos en septiembre), lo cual dibuja una situación de emergencia social y económica en nuestra Comunidad Foral. Tantas familias que no pueden pagar la hipoteca o el alquiler a fin de mes (en los casos en los que han podido acceder a una vivienda en épocas de bonanza). Más de 11.450 jóvenes, según los últimos datos, que se encuentran en el paro, el 18% de la población joven de Navarra; esos que dedican la crisis a formarse y mantener la esperanza.
Y frente a ellos un Gobierno errático que sólo sabe tramitar expedientes de regulación de empleo, que dejan en una situación de auténtica indefensión a otro puñado de miles de navarros. Porque la crisis solo la pagamos los trabajadores. No la pagan las grandes fortunas. No la pagan los bancos, que pueden permitirse prejubilar a un consejero del BBVA pagándole 3 millones de euros anuales (más o menos lo que un profesional técnico medio cobraría en algo más de cien años o lo que es peor, pagándole anualmente el sueldo de más de cien profesionales técnicos que, posiblemente hoy están en el paro). No lo pagará la Casa Real, aunque en los presupuestos generales del estado les hayan congelado el sueldo por primera vez. Un sueldo de casi 9 millones de euros anual no está nada mal. Y no vayan a creer que con eso se hacen cargo de todo. No. Esa es la partida que tiene el Rey a su libre disposición. Pero, además, cuenta con una partida de Apoyo a la gestión administrativa de la Jefatura del Estado de alrededor de 6 millones y medio de euros más. Alrededor de otro medio millón (de euros, por supuesto) para costear sus viajes y una cantidad indeterminada para el mantenimiento de los palacios y residencias reales de verano y de invierno porque al ser propiedad de Patrimonio Nacional cuentan con una partida para mantenimiento, conservación y rehabilitación. Lo mismo lo mismo que los parados y los trabajadores expedientados que están siendo atacados brutalmente por la crisis. ¿Alguien se ha parado a pensar cuantas actuaciones dirigidas a la incorporación sociolaboral se podrían realizar cada año con una de las partidas que maneja la Casa Real?
Desde la izquierda debemos dejarnos de frivolidades y ocuparnos de lo que de verdad importa: fomento del empleo, la vivienda y la inversión pública. El perfil de los usuarios de los servicios sociales, cada vez más diversificado, provoca un claro colapso en la administración. Ante esta situación debería replantearse la renta básica con el objetivo de adecuarla a la variedad de personas que se encuentra en riesgo de exclusión a causa de la crisis. Resulta imprescindible garantizar unos mínimos vitales para todos los ciudadanos. Debemos denunciar que las SICAV, la tributación de los ricos de verdad, tributa al 1% mientras se sube el IVA al 18%, que pagamos todos los trabajadores, independientemente de nuestros ingresos. Eso no es en absoluto progresista. Son medidas creadas por un socialismo ilegítimo. La verdadera izquierda debe apostar por la progresividad fiscal, por la recuperación del impuesto del patrimonio y, en general, por una contribución solidaria de las rentas más altas. Por otra parte, los Ayuntamientos han asumido durante los últimos años competencias que no se han visto acompañadas por su correspondiente financiación. En época de crisis la red de protección que suponen las políticas sociales municipales es imprescindible, por ello es imprescindible también un reparto más equilibrado de la financiación. Y todo eso por no hablar de la cantidad de actuaciones que desde el Ayuntamiento de Pamplona se hubieran podido poner en marcha con los 418.000 € que va a tener que pagarle a El Dorado por haberle concedido mal una licencia. Fallos de estos no se pueden permitir nunca, pero en momentos de crisis resultan escandalosos.
Porque en estos momentos de crisis no podemos dejarnos manipular. No podemos permanecer con los brazos cruzados. Tenemos que ocuparnos de quienes sufren la crisis. Escuchar su situación y buscar soluciones reales. Y para lograr eso sólo la izquierda será un buen partido. El único posible.
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