Opinión |
Politika para cambiar de rumbo
La política arranca del griego politikós, ciudadano y del ordenamiento de la ciudad o polis. La política es el arte de gobernar, un signo inequívoco de civilización. Decía el Dr. Vallejo-Nágera, psiquiatra y escritor que somos seres eminentemente políticos porque tenemos que negociar prácticamente todo en nuestra vida diaria. La democracia como sistema político es la forma de gobierno y organización que asienta su poder en las decisiones colectivas adoptadas por la ciudadanía con capacidad de asociarse y organizarse socialmente para ejercer influencia directa en las decisiones políticas. El ejercicio del poder es un difícil juego de equilibrios que requiere sociedades maduras y críticas para exigir dirigentes verdaderamente capaces y leales para confiarles el ejercicio temporal del poder en beneficio de los legítimos intereses de la comunidad.
Digo esto sobre la política, la ciudadanía y los dirigentes porque durante estos años de dejación de responsabilidades, nos hemos situado a los pies de los poderes fácticos y grupos de presión que nos han exprimido y nos seguirán exprimiendo si no salimos del inmovilismo y rescatamos el espacio público, sus instituciones y la cultura política con mayúscula. La falta de participación ciudadana activa y la atrofia del sentido de cooperación social ha conllevado la degradación de la política que ha cedido el poder decisorio a la economía. Parecía suficiente una democracia formal con gobiernos virtuales dispuestos a actuar para la galería. La ausencia de poder público ha sido posible porque las sociedades se han reducido a mercados de consumidores con mucho que perder y más que pagar. Somos lo que necesita el sistema: egoístas, utilitarios y deshumanizados. Gobernar sociedades indiferentes e individuos automatizados ha sido fácil y ha posibilitado que irresponsables pirateen a lo largo y ancho del mundo sin ningún control.
La política está missing, desaparecida sin combate. Lo que tenemos es sólo politiquería, que es el extravío y la desnaturalización de la política. La degradación del espacio político, el abandono de los aspectos sustanciales del progreso social y la liberalización total de actividades y servicios han introducido desigualdades profundas, conflictos armados por el control de recursos, corrupción a gran escala y el miedo como hipoteca efectiva y duradera de voluntades.
El desconcierto de la izquierda, la no vendida, cuyas advertencias y propuestas no encontraban eco en el pensamiento hegemónico, ha posibilitado a la derecha aprovechar el auge del capitalismo para someter mansamente a la ciudadanía que ha tragado, sin apenas resistencia, las directrices de los centros del poder económico. A este callejón se ha llegado de la mano de personajes manejables, vendedores de promesas sinsustancia que ahora son incapaces de resolver los problemas que han creado.
La politiquería y los politicastros han configurado los gobiernos huecos, la reducción de los Estados a su mínima expresión, la mutación de la democracia hacia la tecnocracia y la deslegitimación de las instituciones. Hemos permitido un sistema de desgobierno organizado por amiguetes arrimados alrededor de jugosos contratos privados pagados con dinero público por administraciones reconvertidas en cajeros automáticos. Seguimos sosteniendo a reguladores cantarines de las excelencias teóricas de las privatizaciones y el ahorro que supone subastar la atención de los más vulnerables. Les dejamos manejar orientados por expertos económicos que según el mundialmente famoso John K. Galbraith, los hay de dos clases: los que no tienen ni idea y los no saben ni eso. De ese cóctel surgen los desmadres y burbujas, el descontrol del sistema financiero, la concentración de la riqueza en manos de zares intocables, la desregularización de los mercados, la deslocalización de la producción y el progresivo empobrecimiento y exclusión de amplias capas sociales. A pesar de todo, el mundo no está para más revoluciones. Urge una evolución desde la acción colectiva. Es necesario rescatar el papel de la política como fuerza de intermediación para ponderar los elementos de nuevo equilibrio.
El fracaso del mercado y de la tecnocracia requiere que la sociedad despierte, cargue pilas para el esfuerzo y se abra a la creatividad. Recomponer el espacio público es clave para la regeneración del sistema democrático que debe guiar esa evolución tan necesaria como inaplazable. Esto no lo va a hacer el actual sistema de alternancia del PP y PSOE. La izquierda tiene el deber histórico de implicarse e Izquierda Unida tiene que apostar seriamente por lo que ya venía defendiendo para ensanchar el espacio político, armonizar la convivencia plural y democratizar la economía. Se imponen cambios estructurales para la equidad que habrá que acordar y concretar con inteligencia. En estos momentos hay que revisar el papel de la economía para retomar el progreso social. Empezando por lo urgente se debe solucionar el problema de liquidez de miles de familias y de las pequeñas y medianas empresas que son las que más empelo crean y las que generan riqueza localizada. Que pymes y familias puedan afrontar sus compromisos es legítimo y de interés general. Los Gobiernos del Estado y de Navarra tienen las herramientas jurídicas, las instituciones y la potestad para activar la concesión de créditos especiales directos, vía Instituto de Crédito Oficial, vía Cajas de Ahorros o a través de las Haciendas Públicas. Hacienda somos todos, decía su propaganda.
La política tiene que forzosamente renovarse y la izquierda tiene que avanzar como proyecto político. En una situación de crisis profunda como la actual juega con ventaja porque tiene muchas y duras lecciones aprendidas. Debe asumir un papel activo en la superación de un sistema que, como dice el gurú de la crisis Nouriel Roubini, hay que cambiar por entero. Se necesita una política consistente que sepa estar a las duras para alcanzar soluciones. Hay que vertebrar sociedades plurales, educar para la cooperación, controlar los procesos económicos, frenar el expolio medioambiental y generar políticas de equidad para reconducir las grandes desigualdades Esto sólo será posible si a la política llegan personas sólidas, dispuestas a servir a su comunidad con sensibilidad y mano tendida. Posiblemente al decadente neoliberalismo se le pueda oponer una opción de humanismo cívico como sugieren algunos. Creo que de un análisis pragmático podrían salir ideas válidas para evolucionar hacia nuevos horizontes.
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