Opinión

Daños colaterales en Gaza

escrito por Miguel Izu miércoles, 14 de enero de 2009

Como suele suceder en estos casos se ha generado un poco de alboroto por las últimas acciones bélicas del Ejército israelí en la franja de Gaza. Siempre es lamentable tener que presenciar por televisión la destrucción que provoca la guerra y desayunar con la visión de algunos cadáveres despanzurrados por las bombas. Pero los que ejercemos la responsabilidad de dirigir el mundo hemos de conservar la calma, sabiendo que hay un precio que tenemos que pagar por mantener el orden, la prosperidad y la justicia.

 

Cierto que solamente una parte de la humanidad disfruta, disfrutamos, de orden, prosperidad y justicia. Pero precisamente por su escasez debemos defender a ultranza y sin reparar en medios unos bienes que quizás algún día -si hace méritos suficientes- pueda disfrutar el resto de la población mundial que todavía no es merecedora de ellos. A veces esos medios son dolorosos, cierto, provocan daños colaterales e incluso puede parecer que los designios de la alta política mundial resultan contradictorios, hipócritas o cínicos. Pero la humanidad no avanza si no está dispuesta a asumir algunos costes.

 

Afortunadamente nuestra civilización ha conseguido minimizar los daños y, sobre todo, transferirlos hacia la periferia. Hemos podido situar los campos de batalla en los países menos desarrollados económica y culturalmente de modo que los más graves efectos de las inevitables guerras que saldan algunas de las contradicciones del orden mundial no lleguen a afectarnos directamente (con alguna triste excepción como el 11-S o el 11-M). A veces poner bajo control la situación nos exige apoyar transitoriamente a alguna facción que persigue fines últimos más bien alarmantes o que utiliza prácticas poco recomendables; pero hay que enmarcar siempre lo que es instrumental en un ámbito más global y diferenciar lo accesorio de lo principal. Siempre habrá tiempo para corregir la estrategia, modificar las alianzas y elegir nuevos enemigos.

 

Hubo que permitir la represión sangrienta de la revolución en Alemania tras la Primera Guerra Mundial para evitar otro régimen bolchevique, aunque aquello diera alas a gente como Hitler. Luego hubo que pactar con Stalin para acabar con los nazis, aunque hubiera que poner algunos países bajo su dominio. La realidad nos impuso apoyar a los talibanes para poder frenar a los soviéticos. Fue necesario apoyar a Sadam en su guerra contra Irán para poner coto a la revolución islámica. También hubo que sostener algunas juntas militares ligeramente crueles en Latinoamérica para evitar que la democracia degenerara en socialismo, o en Turquía para contener el islamismo. No ha habido más remedio que soportar algunos regímenes corruptos y genocidas en África para mantener el comercio mundial de materias primas y qué otra cosa podemos hacer que tolerar regímenes feudales en torno al golfo de Arabia y su petróleo. Hay que asumir los riesgos e incluso ciertos efectos secundarios: una vez hecho su trabajo los aliados de ayer se pueden convertir en los enemigos de hoy si pretenden ir más allá de lo que se les había encomendado. Hubo que abrir nuevas guerras para acabar con los nazis, con los soviéticos, con los talibanes, con Sadam, a menudo utilizando en su contra a los que habíamos combatido anteriormente. Así son las cosas y así han sido siempre, no pretendamos cambiarlas.

 

Es doloroso pero el cercano Oriente está demasiado cercano de centros neurálgicos de nuestra civilización como para permitirnos flaquear. Hemos tenido que consentir que Israel constituya una excepción al Derecho Internacional, dándole patente de corso para ignorar las normas que imponemos a los demás para que contenga a los regímenes extremistas árabes como viene haciendo con éxito durante varias décadas. En ocasiones hemos tenido que apoyar a Hamás para que sirviera de contrapeso a Al Fatah; otras veces ha sido preciso lo contrario. Al igual que unas veces ha sido necesario invadir el Líbano y otras veces retirarse. Lo importante es que la situación no se desmande. Sabemos que quizás a largo plazo el Estado de Israel no sea viable para que los israelíes vivan en paz y tranquilidad, dado que la población árabe les desborda. O quizás sí, eso no es lo importante. Afrontaremos cada problema según se vaya presentando; si hay que transigir con un Estado palestino, o incluso con uno que incluya judíos y árabes, ya lo haremos a su debido tiempo, pero con garantías de que todo se haga con orden.

 

Ahora hay que aguantar el chaparrón. Algunos ciudadanos ingenuos y bienintencionados se verán arrastrados a protestar por la guerra en Gaza. No hay más remedio que hacer algunas declaraciones públicas lamentando las víctimas civiles, pidiendo el alto el fuego y criticando, con mesura, la desproporción del ataque israelí. Alguna resolución de la ONU para añadir a la colección, algunas gestiones diplomáticas y humanitarias. No pasa nada; meros efectos colaterales. No hay el menor riesgo de que nadie se vea obligado a romper relaciones con Israel, un valioso y respetable miembro de la comunidad internacional, o que tenga la tentación de enviar tropas de interposición o cascos azules. En unas semanas la faena se habrá completado y podremos pasar a otra cosa (tenemos problemas más importantes, la crisis económica o el suministro de gas). Todo sea por nuestro orden, nuestra prosperidad y nuestra justicia.

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