Opinión

Pastores sin ovejas, ovejas sin pastores

escrito por Miguel Izu domingo, 24 de febrero de 2008

A la vista de las orientaciones morales emitidas por la Conferencia Episcopal Española para el voto en las próximas elecciones generales, a los católicos nos dejan pocas opciones. Cierto que, como es habitual, se afirma que "los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos", pero en seguida que "también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana". Lástima que los obispos no acaben de ser coherentes con su afirmación de que "hablamos como pastores de la Iglesia que tienen la obligación y el derecho de orientar el discernimiento moral que es necesario hacer cuando se toman decisiones que han de contribuir al pleno reconocimiento de los derechos fundamentales de todos y a la promoción del bien común". Se agradecería más claridad: una lista ordenada de los programas políticos según su mayor compatibilidad con la fe. Así el católico podría votar a la candidatura que encabezara la lista con la conciencia más tranquila. ¿Qué no es posible hacer esa clasificación? ¿Qué la cuestión es demasiado compleja? Pues, por favor, que no atormenten al votante católico con la duda de si estará acertando o no. Podían habernos dicho algo parecido a lo que manifestaron en 2005 ante el referéndum de la Constitución europea, tras lamentarse de la complejidad de la cuestión: "El sí , el n o, el voto en blanco o la abstención son posibles opciones legítimas".

 

Pese a que la CEE renuncia a señalar el sentido del voto de los católicos, ha dejado una pista muy valiosa. Dice su comunicado: "No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna. En ese sentido parece que apuntan, entre otras cosas, las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública, así como el programa de la nueva asignatura, de carácter obligatorio, denominada Educación para la ciudadanía , que lesiona el derecho de los padres -y de la escuela en colaboración con ellos- a formar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas y morales". Gracias a esto ya sabemos que para un católico es poco recomendable votar al PSOE, a IU, a CiU, al PNV, ERC, CC, BNG, o a ninguno de los partidos integrados en el grupo mixto del Congreso. Vamos, a ninguno de los partidos que aceptan Educación para la Ciudadanía, que son todos menos el PP.

 

Dicen los obispos, ante las críticas recibidas, que sus orientaciones son similares a las de ocasiones anteriores. Y es verdad, en general (en lo particular, lo de la Educación para la Ciudadanía es clarificadoramente nuevo). Así que es de suponer que sus efectos serán similares. Según el barómetro del CIS (diciembre 2007), el 76,2 % de los votantes del PSOE en 2004 son católicos; como el 45,2 % de los votantes de IU; el 82 % de los votantes de CiU; el 44,4 % de los votantes de ERC; el 83,9 % de votantes del PNV o el 73,3 % de votantes del BNG. También se declara católico el 72,2 % de los abstencionistas, que obviamente no siguieron el consejo episcopal de ir a votar. Quiere esto decir que, salvo que se produzca un enorme vuelco electoral, una buena parte de los católicos de este país no hace mucho caso de las indicaciones de sus pastores y vota siguiendo su propia conciencia. Más o menos lo mismo que hace en otras materias, desde la moral sexual hasta la moral económica, pasando por la crucecita en la declaración de la renta (que sólo marca el 30 % de los contribuyentes) o el cumplimiento del precepto dominical (seguido por el 16 % de los creyentes).

 

Vamos, que los pastores cada vez hablan para menos ovejas, y no tanto porque las ovejas hayan abandonado la fe de la Iglesia (que también en algunos casos), sino sobre todo porque han perdido la fe en la autoridad de los obispos para orientarles sobre absolutamente todo en sus vidas. Es lo que tiene vivir en sociedades abiertas, plurales y democráticas donde ya no concedemos a nadie el monopolio de la verdad. Estamos demasiado acostumbrados a la libertad de pensamiento, que consiste sobre todo en poder dudar de lo que nos dicen, en poder cuestionar y criticar.

 

Y tenemos demasiado presente que, cuando a la jerarquía eclesiástica le da por opinar de política, no suele ofrecer muchas garantías de acierto. En los inicios de la Ilustración hubo mucho empeño en defender el absolutismo frente a la doctrina de los derechos humanos, para que un par de siglos después la Iglesia quiera aparecer como la campeona de esos mismos derechos; en el siglo XIX el liberalismo, la libertad religiosa o de pensamiento eran errores condenados en el Syllabus , en el siglo XX la mayor parte de la Iglesia española apostó por la dictadura franquista, y ahora algunos obispos se empeñan en enseñar a los demás en qué consiste la verdadera democracia. Podemos sospechar que se equivocó antes o se equivoca ahora. A la vista de ello la Iglesia debiera ser bastante más humilde porque ha dado demasiadas pruebas de patinar.

 

En estas condiciones, podemos preguntarnos si la jerarquía episcopal (con honrosas excepciones) cumple correctamente sus funciones con ese empeño moralizador de hablar continuamente ex cátedra , en un tono que infunde la idea (ojalá sólo fuera un problema de tono) de que los creyentes seguimos siendo menores de edad y no tanto ovejas de su grey como borregos, no miembros de una ecclesia (asamblea) sino adeptos de una secta en la que se espera adhesión ciega y muda. Quizás esa actitud es la que está fomentando que los fieles se resignen a prescindir de la desautorizada opinión de los pastores y, en última instancia, a prescindir de sus pastores para poder vivir en libertad y en paz de conciencia. Y hay que preguntarse si no harían mejor los obispos ante cuestiones políticas tan concretas como unas elecciones en seguir el ejemplo de Jesús cuando le quisieron hacer tomar partido y dijo aquello de "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", o cuando aconsejó a sus discípulos "no os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor".

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