Opinión |
La salud mental en un mundo cambiante
El lema de este año para celebrar el 10 de octubre el Día Mundial de la Salud Mental es “La salud mental en un mundo cambiante: el impacto de la cultura y la diversidad”. La Federación Mundial de la salud Mental (WFMH) pretende así llamar la atención pública sobre la importancia de identificar y reconocer el curso social y cultural de los trastornos mentales y la búsqueda de nuevas estructuras ante el fenómeno de las sociedades multiculturales. Constituye un llamamiento al esfuerzo de desarrollo de una visión integradora y sensible que tenga en cuenta los diferentes modelos de salud, promoviendo mejores prácticas que cubran efectivamente las necesidades de los individuos, desde el respeto a sus entornos.
El Día Mundial de la Salud Mental 2007 refleja la preocupación occidental por un mundo acelerado, multicultural y por las sociedades con nivel económico medio y alto que reciben flujos de inmigrantes de diferentes continentes y reproducen en su seno las grandes desigualdades exteriores y una diversidad percibida en muchos ámbitos como negativa. Existe una palpable preocupación por la extrema vulnerabilidad de las sociedades complejas o, como ya se les denomina, “sociedades de las averías”. El esfuerzo que hay que hacer es importante en contextos como el nuestro en permanente alerta por los atentados terroristas y la participación en conflictos armados. En estos momentos la preocupación por la salud mental no es una cuestión de pesimismo u optimismo, sino un síntoma real de desequilibrio. Cada vez es más difícil parchear los rotos y descosidos de nuestras sociedades. Organismos oficiales como la OMS y la UNESCO demandan a los países occidentales medidas estructurales que reconozcan y adecuen los cuidados de la salud, considerando las cuestiones relacionadas con la influencia cultural y la diversidad humana.
La salud y la enfermedad mental son dos polos de una misma realidad que es cambiante como consecuencia de la buena o mala interacción de los factores biológicos, psicológicos y sociales. La carga hereditaria no determina por sí sola el desarrollo de trastornos mentales, la predisposición se activa en la interacción con factores que van desde la capacidad económica del seno familiar a las oportunidades de desarrollo personal y social a lo largo del contexto vital. Son incontables los estudios científicos comparativos, especialmente en Estados Unidos, donde ha quedado demostrado que existen enormes diferencias en los índices de salud física y mental y de la esperanza de vida según el estatus socioeconómico de los individuos. Que los índices de padecimiento psíquico en el mundo occidental van en aumento no es una casualidad sino una tozuda realidad constatada por estudios y estadísticas que diferentes organismos tienen en su poder: bajas laborales, importante aumento del gasto en ansiolíticos y antidepresivos, aumento del consumo de todo tipo de drogas, de conductas suicidas, de consultas de salud mental y enfermedades psicosomáticas. Son los índices de la desesperanza en las llamadas sociedades desarrolladas.. Mayor riqueza no ha significado aumento de bienestar ni más justicia social. La solidariedad se ha debilitado y ha sido sustituida por contratos mercantiles y publicidad mediática. Cada vez son más frágiles los lazos humanos y crece el número de personas que prefiere conectarse a relacionarse, pagar a comprometerse y consumir de forma compulsiva. Son síntomas inequívocos de nuestra época que alterna apatía con desenfreno. Como dice Javier Marías “resulta deprimente, tontuna y decadente, una hoja permanentemente en blanco sin la menor huella ni resistencia”.
Mejorar los cuidados de la salud mental en poblaciones multiculturales desde los sistemas de salud pública exige evolucionar hacia una concepción global e integradora de los tres ejes del cuidado: prevención, tratamiento y incorporación de las personas afectadas, especialmente con cuadros complejos que en el mundo occidental suele ser motivo de frustración para los profesionales con un enfoque muy centrado en la cura. Habría que aprender a combinar el conocimiento científico, la comprensión humana y la percepción del contexto cultural para enseñar a afectados y al entorno a convivir con las enfermedades, a superar el duelo y la falta de perspectivas, proporcionando pautas de reestructuración del proyecto vital. Esta evolución requiere un optimismo lúcido, apertura de espacios públicos, políticas a largo plazo que trabajen la aceptación de lo diferente y superen el estigma que marca negativamente la enfermedad mental, mucho más cuando se añaden otros prejuicios relacionados con el origen, género o raza. Es una tarea de fondo que exige esfuerzo de imaginación y de equilibrio, algo difícil en un sistema de mercado que afecta enormemente a soportes como las relaciones familiares, vecinales y laborales hoy inestables, deslocalizadas y altamente estresantes. Nuestras sociedades han aumentado los niveles de exigencia y reducido las oportunidades a capas importantes de la población que se ven impedidas de satisfacer cuestiones vitales como la subsistencia, emancipación, ejercicio de derechos y deberes y otras de no poca enjundia como el acceso a la cultura, al ocio y a la tecnología.
El Día Mundial de la Salud Mental 2007 reclama el esfuerzo de preparar las sociedades y los sistemas públicos de salud para el mestizaje que generará nuevas formas de práctica clínica, nuevos enfoques más globales y adaptados al contexto del paciente. Es necesario desarrollar nuestra asignatura pendiente: la prevención, más efectiva y menos costosa, con estrategias transversales de promoción de la salud desde las aulas, no sólo de hábitos saludables, sino de respeto hacia el otro, de visión colectiva y de un valor: la compasión, algo que parece imposible en estos tiempos de competitividad y mercadeo. Es una constatación científica que cuando los seres humanos no desarrollan convenientemente la compasión o carecen totalmente de ella, se convierten en sujetos crueles que abusan, explotan, torturan y matan. En el actual escenario de veloces cambios y grandes desigualdades, hay que apelar a medidas estructurales de promoción de la salud integral del ser humano, desarrollar el instinto de protección colectiva, recuperar el concepto de ciudadanía y retomar la política como aspiración a proporcionar a la población cierto grado de felicidad que no es otra cosa que la ausencia de miedo.
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