Opinión |
Construir el cambio
Con la formación del “nuevo” Gobierno de Navarra presidido de nuevo por Miguel Sanz e integrado por UPN y CDN podemos decir que, desde el punto de vista de las instituciones, poco o nada cambia. Es de suponer que las políticas que se van a aplicar van a ser las mismas o muy similares a las que ya conocemos. Continuidad, por tanto, con lo hecho en los últimos once años. Que para quienes detentan en poder resulta óptimo (nada como ser de los que mandan para ver el mundo de color de rosa), pero que para una mayoría del electorado, según se expresó el 27 de mayo, no es tan deseable porque ha preferido otras opciones. Es precisamente en el campo de la oposición, en aquellas formaciones políticas que pese a detentar la mayoría en cuanto al voto ciudadano y en cuanto a escaños en el Parlamento de Navarra han quedado excluidas del ejecutivo foral por decisión de los órganos centrales de PSOE, donde debieran producirse en el futuro cambios importantes.
En primer lugar, en el PSN. Alguna salida tendrá que buscar a su paradójica situación en la cual entrega el poder a la derecha, pese a haber alcanzado un acuerdo de gobierno con Nafarroa Bai e IUN-NEB, y pretende ser oposición. Su papel como alternativa de momento ha quedado totalmente desnaturalizada. No sólo por la dificultad de presentarse como defensor del régimen foral, es decir, de un amplio régimen de autogobierno para Navarra, y al mismo tiempo revelarse dentro del PSOE como una federación más sometida a sus órganos centrales y dotada de escasa autonomía, que debe acatar decisiones para Navarra tomadas según intereses ajenos, lo cual en el fondo supone una merma en el grado de autogobierno de Navarra. En ese sentido, poco valor tiene la pretensión del PSN de rivalizar en navarrismo con UPN.
Pero además, es que parece que el destino histórico del PSN es garantizar que en Navarra gobierne eternamente la derecha. Tampoco puede el PSN presentarse como alternativa de izquierdas a la derecha. Es por ello que el PSN tendrá que realizar un profundo debate sobre cuál es su papel. Si persiste en sus contradictorios mensajes actuales, en el “aquí no pasa nada” de Blanco o Chivite, es de suponer que buena parte de su electorado desista de considerarlo como una alternativa creíble al régimen de UPN-CDN.
La alternativa existe; en buena medida quedó recogida en el frustrado acuerdo negociado y finalmente no suscrito por Nafarroa Bai, PSN e IUN-NEB. Los puntos principales de esa alternativa se basan en el respeto pero no sacralización del marco institucional existente en Navarra, que permitiría abordar un debate para su futura reforma, no para que Navarra desaparezca como comunidad política, como sugieren interesadamente algunos, sino para profundizar en el autogobierno y el bienestar de los ciudadanos. Un marco institucional que debe servir para integrar a toda la ciudadanía navarra, no dividir y mucho menos excluir sino respetar la pluralidad identitaria, cultural y política que existe entre nosotros. Una política lingüística acorde a la realidad de hoy y a la demanda social y que suscite más consenso y menos crispación. Una política fiscal más progresiva, y una política económica más activa dentro de criterios de desarrollo sostenible. Defensa de los servicios públicos, especialmente en educación y salud, con incremento del gasto público para acercarse a niveles europeos. Defensa del Estado de Bienestar Social y no simplemente de acciones aisladas de asistencia social entendidas como una generosa beneficencia pública; ampliación de derechos en cuanto a renta mínima, vivienda, empleo. Transparencia en la gestión pública, eliminando tantas corruptelas y tanto amiguismo generados durante el régimen de UPN.
Las otras dos patas de un futuro cambio en Navarra también tienen trabajo por delante. La formación a la que pertenezco, IUN-NEB, tuvo malos resultados en las elecciones. Es evidente que el electorado, incluida una buena parte de sus antiguos votantes, no le ha percibido como una alternativa tan creíble como otras. En una situación en que se percibía como posible el cambio de gobierno, los votantes se han ido a otras opciones. Tendremos que revisar nuestras propuestas, nuestros mensajes y nuestra forma de relacionarnos con la sociedad para que nos vean como una fuerza de gobierno y no sólo de oposición.
En cuanto a Nafarroa Bai, ha hecho un esfuerzo importante para trascender de sus orígenes como coalición nacionalista vasca y avanzar hacia la pluralidad identitaria, para aceptar y reflejar mejor en sus propuestas la compleja y plural realidad Navarra. Habrá que comprobar si los lemas electorales se los lleva el viento o, efectivamente, hay un propósito de encauzar con pragmatismo los conflictos de identidades y de convivencia que nos han aquejado en las últimas décadas y que vician tan a menudo cualquier debate político.
Me gustaría suponer que la construcción de un cambio en Navarra pudiera alcanzarse en unos meses, pero creo más acertado suponer que tendrá que hacerse a lo largo de los cuatro años de legislatura. El tam tam de las elecciones anticipadas seguirá sonando, pero si no se han dado las condiciones del cambio en este momento dudo que lo hagan el año próximo, tras las elecciones generales como tanto se ha rumoreado. Y la construcción del cambio en Navarra, que como he apuntado debiera iniciarse por un cambio en el PSN, debe hacerse con cuidado y buena letra.
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