Opinión |
Más allá del carril-bici
Con motivo de la Semana de la Movilidad que viene celebrándose los últimos años en este mes de septiembre, nuestras autoridades han programado los habituales actos, entre ellos una marcha ciclista el sábado día 22, Día de la bicicleta, con los cuales nos quieren convencer de que se toman en serio el asunto. El problema es que los restantes 364 días del año todavía son en Pamplona el día del coche , y que fuera de medidas puntuales y propagandísticas adoptadas sin tener en cuenta las necesidades de los ciclistas se sigue careciendo de una política que de verdad facilite y potencie el uso de la bicicleta como medio de transporte urbano.
Las miserias que padece la política sobre la bicicleta se pueden ilustrar perfectamente con el carril-bici que hace unos meses se abrió en la Vuelta del Castillo y la calle Fuente del Hierro, coincidiendo con un tramo del Camino de Santiago. Imagino que cuando la alcaldesa acudió para sacarse su foto electoral circulando por dicho carril no tuvo ningún problema de acceso; se subió a una bicicleta que le tenían dispuesta ya dentro del carril. Si hubiera llegado pedaleando desde su casa en lugar de en su coche oficial hubiera advertido un pequeño problema que sí hemos detectado otros. El tramo de carril-bici instalado en la Vuelta del Castillo carece de accesos para bicicletas. Supongo que sus diseñadores ni se plantearon la cuestión de por dónde iban a llegar los ciclistas.
Claro que se puede acceder y de hecho se accede en bicicleta al carril-bici. Por los únicos lugares por donde es factible: por los pasos de cebra, las aceras y otros lugares reservados a los peatones. Molestando a menudo a los peatones, sufriendo la molestia de compartir espacio con ellos, y por supuesto infringiendo la normativa de circulación. Una normativa redactada sin pensar en las bicicletas como vehículos aptos para desplazarse por las ciudades, dando por hecho que las ciudades son para automóviles y peatones. La normativa de tráfico y seguridad vial, que proviene básicamente de la ley de 1990, de inicio ignoraba casi por completo a las bicicletas, quedando equiparadas a cualquier otro vehículo salvo en alguna prohibición específica como circular por autovías y autopistas. La mortalidad creciente de ciclistas en carretera hizo que a partir de 1999 se hayan ido introduciendo disposiciones puntuales sobre obligatoriedad del casco en vías interurbanas, circulación en grupo, alcoholemia, prioridad en vías específicas para ciclistas, pruebas deportivas, etc. No obstante, las normas referidas específicamente a la circulación de bicicletas en ciudad son mínimas, quedan remitidas las respectivas ordenanzas municipales.
La ordenanza de tráfico de Pamplona, aprobada en 1998, salvo reproducir las normas generales no tomaba otra medida singular respecto de las bicicletas que prohibir su circulación por las aceras pero permitirla por las zonas peatonales siempre que lo hagan a la velocidad de una persona a paso normal, lo cual sume al ciclista en la perplejidad de tener que diferenciar dónde empiezan las aceras y dónde las zonas peatonales (porque el Ayuntamiento se cuida mucho de señalizarlo). Por otro lado la ordenanza dispone que las bicicletas circulen en las calzadas por el carril de la derecha pegadas a la acera, especialmente si van a girar, pero al no hacer mayor precisión los ciclistas tampoco saben qué sucede en los carriles-bus, si se mantiene la prohibición general de circular por ellos o el Ayuntamiento pretendía levantarla. De ordinario, el ciclista urbano no sabe por dónde debe circular (¿por la calzada, jugándose la vida frente a los automóviles? ¿Por la acera, incordiando a los peatones?), y en buena medida porque el Ayuntamiento tampoco parece saberlo. A la insuficiencia de normas y a su falta de claridad se une una práctica contradictoria por parte de la autoridad municipal. Los escasos carriles-bicis suelen carecer de acceso claro y señalizado para las bicicletas. Ya que suelen arrancar desde una acera parece que el consistorio da por hecho que las bicicletas van a circular por las aceras, aunque lo tengan prohibido. A menudo desembocan en un paso de cebra, dando a entender que el ciclista debe circular longitudinalmente por el mismo como si fuera un peatón, aunque la normativa nos diga que en realidad no tiene preferencia sobre otros vehículos, incluidos otros ciclistas, que vayan a atravesarlo.
El Ayuntamiento en su normativa y sobre todo en su práctica sigue sin acordarse de los ciclistas a la hora de ordenar el tráfico urbano. Esto queda bien expresado en la nueva urbanización de la calle Yanguas y Miranda. Se ha hecho al servicio de los automóviles y especialmente de los autobuses que utilizarán la nueva estación. Calzadas amplias y bien señalizadas para los vehículos; recorridos larguísimos e incómodos para los peatones, que han quedado subordinados en la traza de los pasos de cebra y semáforos a las necesidades del tráfico rodado. Y olvido total de las bicicletas. El nuevo carril-bici de la Vuelta del Castillo muere a pocos metros de la nueva calle; a nadie se le ocurrió, parece, que la reurbanización total era una oportunidad de oro para incluir la prolongación del carril-bici hasta el Paseo de Sarasate.
Mientras los responsables de diseñar los espacios urbanos y de ordenar el tráfico no inviertan su tendencia a pensar primero en los coches, luego en los peatones y mucho más tarde, cuando ya sólo hay opción de poner algún parche forzado e ineficaz, en los ciclistas, no habrá un cambio real. Mientras sólo piensen en inanimados carriles-bici que inaugurar y no se acuerden de los ciclistas y se pregunten cómo, de dónde, a dónde, y por dónde van a circular; mientras no empiecen por preguntarse qué espacios necesitan los peatones y los ciclistas dentro de la ciudad en vez de poner por delante la cuestión de qué vías y aparcamientos necesitan los vehículos de motor; mientras no se produzca un cambio cultural que desplace al automóvil de su papel de rey del tráfico urbano, no estaremos mejorando la movilidad. Medidas aisladas como los carriles-bici o las bicicletas de alquiler no ayudan apenas (salvo para el autobombo electoralista) si no van precedidas por una reconsideración de la política de ordenación del tráfico que deberá incluir una nueva ordenanza y una nueva forma de diseñar y señalizar los espacios urbanos teniendo en cuenta a los ciclistas.
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