Opinión

Un monumento a Pepiño

escrito por Agustín Navallas, ex-alcalde de Sangüesa y afiliado de IUN-NEB viernes, 10 de agosto de 2007

Resuelto el culebrón de la formación del gobierno. Despejadas las dudas y terrores del amplio staf de cargos de libre designación. Estabilizadas -provisionalmente- las bilis de Ollarra. Aclarado el horizonte de la facturación de las constructoras. Concretada la sustitución del descalzo ciudadano Sebastián. Certificadas la innegable influencia de Del Burgo y  la sabiduría árabe de Sanz , sentado, esperando el paso del entierro de los adversarios. Sofocado el incendio de los micrófonos episcopales. Amansado el mundial periódico del amoral. Tranquilizadas las inquietudes de los manifestantes del diecisiete de marzo, silenciado –¡gracias señor!- el verbo inteligente y conciso de Zaplanacebes. Verificado el aparato digestivo-político (tragaderas y esfínteres) de Chivite, examinada  en el microscopio electrónico su estatura ética. Reconocida la dignidad del dimisionario Puras ... toca , en esta histórica hora, emprender una tarea tan necesaria como generosa para, cauterizando las heridas abiertas, cohesionar definitivamente las voluntades de los habitantes todos de nuestro viejo reynecito: Hagamos, por suscripción popular, un monumento a Pepiño. Y no un monumento cualquiera, hagámoslo bien. Situémoslo frente a la casa del PSN y al Parlamento de Navarra sede de nuestra soberanía popular.

 

Del mismo tamaño que el monumento a los Fueros,  reforzaría la simetría arquitectónica del paseo de la Tómbola adaptando audazmente las últimas tecnologías: la estatua del prócer lucense, con un espadón en la mano, giraría con las señales horarias noventa grados para mirar alternativamente ambas sedes recordándonos veinticuatro veces al día quien es él y quien manda aquí. Del mismo modo que la dama foral ilustra su pedestal con leyendas alegóricas, el monumento a levantar debería recoger agradecimientos explícitos a las figuras políticas que , por su altura intelectual, equipamiento moral y preparación pública nos han marcado – a fuego, como a las reses-, en los últimos años:

 

“Al espacio geométrico situado bajo el peluquín del cura”, “A la pistolica de agua de Roldán”,”A la altura moral de Mazuelas”, “Al chalé menorquín de Urralburu”, “A la abnegada y silenciosa banca suiza”, “Al rostro irrompible de Ciscar”, “Al ingenio contable de Fernández Marugán”, “Al gordo Arroyo, estrella fugaz”, al “Implacables frente a la crítica”, al “Esto es lo que hay”.

 

Y que nadie aparte el hombro de esta tarea. Es hora de superar el rencor y de mirar el futuro en el que todas y todos tenemos un sitio reservado (como en la vida eterna), en el que cabemos sin exclusiones porque todos tenemos algo que agradecer a Pepiño Blanco.

 

No seremos rácanos en el esfuerzo común necesario para llevar esta iniciativa a buen puerto.

 

Por razones obvias Sanz debiera ser el primer contribuyente al resultar el más beneficiado. Y que decir de Alli rescatado in extremis de la morgue política por el secretario de organización socialista. No faltará el óbolo generoso de Barrena y su mundo que deben agradecerle calurosamente el haber impedido que viésemos independentistas, abertzales y, a la vez, consejeros del Gobierno de Navarra frente al túnel amargo y negro impuesto por los pistoleros.

 

Y por fin contribuirá generosamente Zapatero, cobarde y embustero, que por problemas de agenda (je... un acto en Parla) depositó en el estratega de seminario de Mondoñedo la tarea de asestarnos un par de bofetones secos y sonoros a nosotros : los rojos, resabiados y resentidos que, con las mejillas hinchadas, vemos como no veremos nunca otro gobierno que no sea el de estos.

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